domingo, 5 de octubre de 2014

ELECTRIC WIZARD: "Time to Die" (2014)



Electric Wizard son sin duda uno de los grupos más excitantes del momento. Un grupo que capta a la perfección el espíritu de nuestro tiempo, esta época de desilusión, crisis y decadencia, ofreciendo refugio y olvido a miles y miles de almas desencantadas a través de sus hipnóticos riffs y su embriagadora atmósfera, repleta de referencias al ocultismo, las drogas, el desenfreno sexual y demás paraísos artificiales.

Hace unos meses Justin Oborn decía en una entrevista que, en nuestra sociedad, se nos hace creer que todo irá a mejor en el futuro, que tenemos que luchar y esforzarnos porque así el día de mañana la situación cambiará y tendremos todo lo que necesitamos para ser felices. Pero llega un momento en la vida, añadía el líder de Electric Wizard, en que te das cuenta de que no es así, de que todo ha sido una puta mentira, y de que, a pesar de todas esas promesas, estás absolutamente jodido.

Es en este espacio mental en el que Electric Wizard se mueven a la perfección desde hace más de dos décadas: han sabido captar la desilusión y el hastío de jóvenes (y no tan jóvenes) que se ven aislados en el mundo, sin encontrar su sitio y sin perspectivas para el futuro. Sólo hay que echar un vistazo a nuestro alrededor para ver que el mundo está más jodido que nunca y que hay alguna cosa que no funciona. Podemos engañarnos a nosotros mismos mirando hacia otro lado y haciendo ver que la cosa no va con nosotros, pero el caso es que estamos metidos hasta el cuello. Y, al igual que ocurrió a finales de los 60 y principios de los 70 con el nacimiento del hard rock y el heavy metal, y gente como Black Sabbath, Blue Cheer, MC5 o Hendrix, cuyos discos (ayudados del consumo de todo tipo de sustancias) hacían olvidar la realidad que rodeaba a millones de jóvenes, hoy Electric Wizard se han convertido en el mejor antídoto para escapar de toda la mierda que nos rodea. Su nihilismo, su actitud tan irreverente y provocadora, sus letras sencillas pero convincentes, su desprecio hacia la sociedad y su entrega absoluta y demente al poder del riff les convierte en referente para todos aquellos que, por un motivo u otro, se sienten marginados y alienados.

“Time to Die” (2014) ha tardado cuatro largos años en ser gestado. Ya lejos queda aquel “Black Masses” de 2010 que recibió críticas de todo tipo, desde algunas diciendo que era lo mejor que habían grabado hasta otras que acusaban al grupo de haber perdido sus señas de identidad. En estos cuatro años han sucedido muchas cosas en el seno del grupo: abandonaron de mala manera su sello discográfico de toda la vida (Rise Above) entre todo tipo de acusaciones mutuas; hubo diversos cambios de formación, todos ellos siempre acompañados de bronca y malos rollos (caso del retorno y posterior salida de su ex-batería Mark Greening); y también hubo voces aquí y allá que empezaban a profetizar que Electric Wizard estaban acabados, sin ideas y que musicalmente ya no tenían nada más que aportar. Me imagino lo que les puede haber pasado por la cabeza a Jus Oborn y a Liz Buckingham durante todo este período de tiempo, y, por lo que comentaban en diversas entrevistas, se sintieron acosados por todo tipo de mentiras, traiciones, acusaciones y desprecio, algo que sirvió como catalizador para crear estas nuevas canciones, rodeadas de un halo de odio, terror, locura y violencia que han convertido este disco en toda una bomba de relojería.

Tan sólo el título del disco (“Time to Die”) ya es una declaración de intenciones. Tiempo de morir, tiempo de acabar con todo, de destruirlo todo para así crear algo nuevo, diferente a lo que conocemos. Esos ojos derramando lágrimas en la portada, y al mismo tiempo esa mariposa con alas de plomo que alza el vuelo pesadamente. La vertiente apocalíptica y destructiva de Electric Wizard es algo que nos han venido demostrando en cada uno de sus discos, y quizá sea en este último (así como en su clásico “Dopethrone”) en el que encuentra su expresión más depurada y explícita. Jus Oborn se ha pasado los últimos cuatro años prometiéndonos un disco malsano y mórbido que iba a girar obsesivamente en torno a la muerte y el odio, y joder si lo ha conseguido.

Tras una breve intro en la que se oyen fragmentos de un documental hablando del crimen ritual protagonizado por Ricky Kasso (crimen marcado por las drogas, el satanismo y el heavy metal, tres conceptos que en los 80 eran realmente chungos) el disco se abre con “Incense for the Damned”, que nos muestra a unos Wizard rejuvenecidos y en un estado de forma asombroso, con esa habilidad que tienen para escribir riffs densos, graves, pesados e hipnóticos pero al mismo tiempo pegadizos y memorables (me atrevería a decir que después de Black Sabbath son el grupo que mejor ha sabido hacer esto). Oborn entona con auténtico desprecio líneas como “I don't give a fuck about anyone or your society”, me importa una mierda la gente y tu sociedad, un himno para todos aquellos que le han dado la espalda a la sociedad, todos aquellos que se sienten abandonados y cuyo único refugio es ese “incienso” humeante que les hace olvidar el asco que sienten por este mundo. Sin tiempo para dejarnos respirar, suena el tema que da título al álbum, “Time to Die”, con otro alucinante riff de aire setentero, que en manos del dúo Oborn-Buckingham suena grasiento, fluido, guarro, absolutamente glorioso. Parece mentira que lo hagan tan fácil y tan efectivo, disipando cualquier atisbo de duda y volviendo a demostrar que son los indiscutibles maestros del riff y los herederos de Tony Iommi. Una vez más, es tiempo de morir, o quizás ya estamos muertos y no lo sabemos... El tercer tema es el durísimo “I Am Nothing”, con otro riff super-básico, primitivo, surgido del origen de los tiempos y ante cuya magnitud y poder lo único que podemos hacer es arrodillarnos y sentir cómo nos aplasta con su peso. De nuevo otra dosis de nihilismo y apología de la violencia, otro himno para esas personas que ya saben que no son nada, que no le importan a nadie, y que enarbolan la bandera del odio hacia la humanidad expandiendo el caos y la destrucción a través del asesinato y el terrorismo arbitrario. El interludio “Destroy Those Who Love God” nos da un breve respiro mientras suena una jam ácida y sedante sobre la que vuelven a escucharse voces que insisten en el crimen de Ricky Kasso (que es uno de los ejes fundamentales de este disco). El siguiente tema, “Funeral of Your Mind” nos ofrece un cambio de táctica ya que el riff principal es un medio tiempo mezcla de Loop y Monster Magnet y en el que también hay ecos del sonido Detroit que tanto ama Jus Oborn. Una base hipnótica espoleada por voces macabras que nos hablan del funeral de la mente, de ese momento de la madrugada en el que uno ve que ha llegado al límite de sus fuerzas, en el que estás completamente solo y ya no sabes qué hacer ni a dónde huir, para así sumergirte en la locura y la desesperación, o quizás en el suicidio. “We Love The Dead” vuelve a los riffs lentos, oscuros, marca de la casa, esos sonidos graves que hacen temblar los altavoces y las paredes, esos solos empapados en wah-wah ácidos y guarros que ponen los pelos de punta y esa letra a lo Alice Cooper en la que se nos dice que es mejor amar a los muertos que a los vivos, ya que los muertos no nos pueden mentir ni traicionar. “Sadio Witch” tiene un riff que recuerda (y mucho) al del tema “Black Masses” (de su anterior lp) pero es algo así como una nueva vuelta de tuerca, haciendo un guiño al riff original pero transformándolo en algo más oscuro y macabro. Este es sin duda uno de los temas más pegadizos del disco, donde de nuevo Electric Wizard nos vuelven a dar una lección de cómo combinar violencia, riffs lentos y oscuros con melodías memorables. Este tema recupera las obsesiones sexuales tan habituales en la discografía de Electric Wizard y nos muestra su faceta más viciosa así como su fascinación por las sectas satánico-sexuales, el sado-masoquismo y las películas de Jess Franco o Jean Rollin, con esas imágenes de perversiones nocturnas y mujeres vestidas de cuero negro que esclavizan a hombre a través del látigo y las cadenas pero también de la droga negra que le suministran. Nos acercamos al final de este fascinante bad trip con “Lucifer's Slaves”, uno de los mejores temas de la discografía del grupo, que alcanza aquí un nivel difícil de superar con ese riff oscilante y poderoso que combina a la perfección el sonido de Blue Cheer y de Black Sabbath, sonidos agresivos y ácidos, solos de guitarra expansivos, atmósfera espacial y psicodélica y unas letras que vuelven a hacer referencia a esa legión de freaks, perdedores y fracasados asqueados de la vida y la sociedad, esos esclavos de Lucifer cuya sangre es LSD y hierba, muertos en vida cuyo único objetivo es el olvido, salir de este infierno que les rodea, mientras gritan “Fuck your world, fuck everything...” A la mierda el mundo, a la mierda todo... Tras este estremecedor viaje suenan las notas de “Saturn Dethroned”, otra jam misteriosa que poco a poco nos devuelve a la miserable realidad. Sólo queda otra opción: darle al “play” otra vez y sumergirnos en el fascinante universo de Electric Wizard, cerrar los ojos y olvidar.


miércoles, 10 de septiembre de 2014

CUTTHROATS 9



Mientras Unsane se tomaban un descanso entre los años 2000 y 2005, su guitarrista y cantante Chris Spencer decidió mudarse una temporada de Nueva York a San Francisco, donde formó un proyecto llamado Cutthroats 9. Por el motivo que sea siguen siendo criminalmente desconocidos, a pesar de que sus tres únicos trabajos (el disco “Cutthroats 9” en 2000, el e.p. “Anger Management” en 2001 y el más reciente “Dissent” de 2014) son toda una joya para los amantes del rock and roll más violento y brutal. Spencer podía haber planteado una propuesta más suave o asequible para intentar acceder a un mayor público, o quizás podía haber sacado a relucir otra faceta a nivel creativo y ofrecer un producto diferente al que nos tenía acostumbrados con Unsane, pero qué va, nada de eso. En vez de ir a por la pasta, decidió hacer un proyecto todavía mas underground y anticomercial. Con una convicción incontestable creó un nuevo grupo todavía más salvaje, ruidoso y abrasivo que Unsane (si es que eso era posible). Así pues no hay sorpresas con Cutthroats 9: el sonido Unsane sigue ahí, pero radicalizado, con mayor influencia del hardcore, con riffs más acelerados y adrenalínicos, con esa voz que sigue rugiendo y escupiendo bilis, sacando a la luz sus miedos y frustraciones con la sinceridad y rabia habituales. De vez en cuando nos regalan algún riff más lento, de cierto regusto a blues enfermizo, siempre acompañados de esos chirridos de feedback ensordecedor en la onda del sludge noise que tan bien dominan Unsane, pero en general abundan los medios tiempos dominados por una urgencia y un nervio frenéticos. El bajo suena grueso y crepitante (cortesía de Dave Curran, el bajista de Unsane), con un batería hiperactivo que ofrece un despliegue de variedad rítmica, ferocidad y precisión técnica (Will Carroll) y por supuesto esas guitarras crujientes y esos riffs sencillos, directos, sucios y rebosantes de odio a cargo de Spencer. Por supuesto, el mal rollo y la depresión permanente siguen ahí, es algo que llevan en el ADN, tanto un grupo como el otro. Una espectacular guinda para una trayectoria admirable como es (y esperemos que siga siendo durante muchos años) la de Chris Spencer.


jueves, 24 de julio de 2014

CURRENT 93: "IMPERIUM" (1987)


1987 fue un año difícil para David Tibet. Sufrió graves problemas de salud y los médicos barajaron la posibilidad de que sufriese de un tumor cerebral. Aquejado de ataques de pánico, pérdida de coordinación y agorafobia, Tibet fue ingresado en varios hospitales para tratar de curarle. Mientras atravesaba una de las etapas más complicadas de su vida, Tibet utilizó el arte como terapia y transformó su angustia en una de las obras más personales e intensas de Current 93. La creación artística como tabla de salvación y como exorcismo de nuestros miedos, una vez más. “Imperium” es un disco que habla de manera obsesiva sobre la muerte, sobre la decadencia de la civilización y del ser humano. Afligido por sus circunstancias personales y su estado de salud, Tibet sentía cerca tanto su final como el de la raza humana, y nos mostró sin piedad y sin tapujos todas sus obsesiones empapadas en la poesía y el romanticismo más oscuro y exacerbado. 

Grabado en 1987, “Imperium” es uno de los discos más destacados en la extensa discografía de Current 93. Esta obra ejerce de puente entre sus anteriores trabajos (ambient-industrial de corte ocultista y esotérico) y sus posteriores trabajos (más cercanos al folk ácido y apocalíptico). “Imperium” se encuentra en la mitad de esta encrucijada creativa, recurriendo a elementos de una y otra fuente para crear así una obra de atmósfera irreal, onírica, entre el ensueño y la pesadilla, y con esa frágil voz de David Tibet que se dedica a susurrar sus textos en los que combina cristianismo, budismo, misticismo y letanías apocalípticas. 

La cara A del disco contiene una fascinante suite dividida en cuatro partes y titulada “Imperium”. Pocas veces he oído una música tan terrorífica y tan hermosa al mismo tiempo. Los sonidos (algunos interpretados a tiempo real y otros tomados de diversas fuentes sonoras y después manipulados) crean una atmósfera onírica, melancólica, sub-acuática, rica en sonoridades y en ecos medievales y místicos. La combinación de esta música con los textos que Tibet recita (todos ellos orbitando alrededor de la muerte, la extinción, el final de nuestro ciclo, la vanidad y futilidad de nuestros sueños y los bienes materiales), es una experiencia estremecedora pero de una belleza escalofriante, de un calado poético y espiritual arrebatador. Las cuatro piezas que conforman esta suite fluyen de manera natural y se van metamorfoseando y transformado sin que nos demos cuenta, mientras las distintas atmósferas, ecos y reverberaciones sonoras nos guían en un viaje sombrío, majestuoso, y alucinante. 

La cara B de este precioso vinilo ofrecía cuatro temas que siguen con la misma temática pero abordándola desde otras perspectivas. “Be” es una breve incursión en el folk que en posteriores discos de Current 93 irá tomando su forma definitiva. “Locust” es una angustiosa canción de sonoridades disonantes donde las guitarras, bajo y percusión van in crescendo acompañadas de la voz de Tibet que en este momento deja de susurrar para pasar al grito más salvaje. El enfoque contemplativo y meditativo de la cara A se convierte por momentos en una pesadilla claustrofóbica y violenta de la que no hay salida excepto en la muerte. El siguiente tema, titulado “Or”, es otra fascinante pieza donde la combinación de canto gregoriano, canciones nazis de la segunda guerra mundial y sombrías e inquietantes grabaciones de diversos sonidos manipulados en estudio sirven de fondo para que Tibet vuelva otra vez a entonar sus letanías agónicas y apocalípticas. El álbum se cierra con “Alone”, una desgarradora canción donde una espartana línea de bajo y otra de sintetizador acompañan a la voz de Tibet, quien reflexiona sobre la soledad, la desilusión, la enfermedad, el sufrimiento humano y la inutilidad de la vida. Un final de corte más íntimo y personal y que sirve como conclusión a un disco que nos deja exhaustos y sin palabras, tocados en nuestro interior pero en cierta manera purificados. 

Y la pregunta es: ¿sirve de algo tanto sufrimiento? Sin ninguna duda. Así pues, sólo me queda volver a reflexionar otra vez sobre mi último día con esta hermosa música.

miércoles, 18 de junio de 2014

REGULATOR WATTS


Alex Dunham fue uno de los guitarristas más interesantes e idiosincráticos de los años 90. Su trabajo en grupos como Hoover y Abilene así lo demuestra. En medio de estos proyectos, Dunham fundó un trío llamado Regulator Watts, cuyo único disco, “The Aesthetics Of No-Drag” (1997) y un ep (“Mercury”, de 1998) son uno de esos tesoros prácticamente desconocidos del underground norteamericano. Su revisión del post-hardcore pasa obligatoriamente por Fugazi, Slint y June of 44, pero el grupo dotó a su propuesta de una personalidad y un sonido propio que les convirtió en algo muy especial. Su música ruge desde los altavoces y hace explotar los tímpanos con ese sonido seco, crudo, electrificado e increíblemente intenso que Regulator Watts crearon con inusitada madurez. Sabían utilizar con gran acierto el contraste entre ruido y silencio, entre calma tensa y explosiones de violencia, entre feedback incendiario y melodías inquietantes. Su acercamiento al rock era casi minimalista, ya que el sonido es más bien espartano, basándose en ese descomunal sonido de guitarras para ir creando tensión y explorar estructuras intrincadas con tan sólo tres instrumentos. Las complejas estructuras (otra vuelta de tuerca al post-hardcore) suenan sencillas en sus manos, combinando guitarras ultra-disonantes y torturadas (pocas veces he escuchado a alguien hacer gritar a su guitarra de esa manera) con una base rítmica super-compenetrada y fluida, todo ello rematado por una voz que va desde el susurro más lánguido al grito desgarrador. En ocasiones el trío crea atmósferas cercanas al slow-core, con ritmos lentos y ecos fantasmagóricos (que más tarde explorarían en Abilene) para después estallar en ritmos abruptos, sincopados y en abrasivas andanadas de riffs atonales y rugientes de distorsión. A pesar de ser un trío, los niveles de ruido, de salvajismo sonoro y de catarsis a los que llegan (con muchísima clase y elegancia, eso sí) son sencillamente gloriosos. Una magistral lección de belleza y violencia, como un caballo loco desbocado galopando sin rumbo hacia un acantilado.

martes, 20 de mayo de 2014

JAN SVANKMAJER: "Conspirators Of Pleasure" (1996)


Caminando por la ciudad de madrugada, muchas veces me he preguntado qué es lo que se escondía tras esas cortinas, persianas y puertas cerradas de casas y edificios. Qué tipo de prácticas, de actos, de perversiones innombrables estaban siendo llevadas a cabo por ciudadanos respetables que durante su faceta diurna aparentan ser grises e inofensivos, pero que en la intimidad se convierten en sátiros insaciables y siempre insatisfechos. Nuestra mirada se cruza con la de alguien al que no hemos visto en nuestra vida, y al que no volveremos a ver jamás, y durante esas décimas de segundo notamos algo que nos hace plantearnos qué puede haber hecho esa persona unas horas antes (qué habrán tocado sus manos, dónde habrá hundido su lengua, qué objetos habrán acariciado o golpeado su cuerpo) para después seguir cada uno nuestro camino. Todos esos deseos inconfesables que son realizados de puertas para adentro, sin que nadie lo sepa. Todo el vicio y la degeneración que el ser humano posee en su alma, por mucho que la educación y la civilización hayan intentado reprimir y ocultar. Es precisamente esto lo que Svankmajer nos muestra en “Conspirators of Pleasure”: vemos las vidas de varios ciudadanos anónimos y aparentemente normales, pero que en su intimidad se entregan a las prácticas eróticas más inusuales y grotescas. Estos exploradores del placer, guiados ciegamente por sus obsesiones y su deseo imposible de reprimir, entrecruzan sus caminos, sus pasos y sus miradas por la ciudad de Praga. El objetivo de Svankmajer en esta película era el ensalzar la libertad absoluta y el auto-erotismo, convirtiendo el cuerpo entero en una gigante zona erógena donde cualquier parte de nuestra anatomía sea capaz de sentir placer, en una visión sexual influida por Sade, Sacher-Masoch, Buñuel y Ernst, entre otros. Svankmajer, el maestro del surrealismo más perverso y morboso, nos ofrece una película que, a pesar de ser muda, no pierde ni un ápice de intensidad ya que los sonidos, la música y ese impresionante despliegue visual de sugerentes imágenes nos sumergen en un mundo irreal donde los personajes dan rienda suelta a sus pasiones más secretas y a las prácticas más extravagantes. Una película tremendamente erótica y sensual, en la que los cuerpos humanos y las sensaciones ocupan un lugar predominante, enfocados desde una perspectiva que combina lo absurdo y lo hermético con el humor más negro imaginable. Fetichistas, sádicos y masoquistas, los personajes de “Conspirators of Pleasure” buscan sin descanso el placer extremo, como el vecino y la vecina, solitarios y anónimos, que entran en una espiral sado-masoquista de delirio mórbido y violento en la que él se convierte en un gallo totémico, en un semental desbocado que termina exterminando al objeto de su deseo, mientras que ella, inmersa también en ese juego auto-destructivo, se sueña como una dominátrix que humilla, castiga y asesina a su vecino, convertido en un enclenque muñeco de paja. El resto de personajes también viven entregados al placer, cada uno atrapado en su propio mundo de deseos y sueños compulsivos, como la empleada de correos que esnifa bolas hechas con miga de pan para después extraerlas de su propio cuerpo y dárselas de comer a unos peces que chuparán los dedos de los pies de una presentadora de televisión que llega al orgasmo en antena mientras el propietario de una papelería, enamorado de su imágen televisiva, la ve en directo, mientras goza con una máquina auto-erótica con la que sueña que su musa se le entrega, o ese policía que ha creado diversos juguetes sexuales hechos de clavos, brochas, cepillos, plumas, para así poder acariciar su cuerpo de arriba a abajo hasta el clímax en una explosiva mezcla de placer y dolor... Todos ellos maquinando sin descanso en búsqueda de un único objetivo, para terminar la película y ver que el proceso puede continuar hasta el infinito, intercambiándose los papeles y los deseos, encerrados en un laberinto de rituales psico-sexuales sin fin, para así empezar otra vez en un bucle infinito de obsesión, lujuria y placer.

martes, 29 de abril de 2014

SATAN'S SATYRS


Es muy de agradecer que de vez en cuando salga algún grupo que le dé una patada en los huevos al establishment musical y que sacuda los cimientos del cementerio del rock and roll inyectándole una dosis de sangre nueva. Grupos que nos devuelvan a las raíces perversas y malvadas del rock, que nos recuerden el peligro y las emociones fuertes que caracterizan a este sonido, que nos enchufen electricidad a la columna vertebral con una buena sesión de riffs sucios y grasientos, como hacían Sabbath, Blue Cheer, los Stooges, Motörhead y compañía. Esto me ocurrió en los 90 con grupos como Sleep o Electric Wizard, y posteriormente con gente como Orchid o Uncle Acid And The Deadbeats. La misma sensación me produjeron Satan's Satyrs: adoración del riff fumeta y narcótico, vuelta a lo básico, a las raíces, sin inventar nada nuevo pero reciclando los sonidos del hard rock, el doom y el heavy psych clásico reinterpretándolos con descaro y un desprecio absoluto por las modas y tendencias imperantes. Un sonido puro, atemporal, que nos electrocuta e hipnotiza hasta que caemos en el desvanecimiento y el olvido absoluto.
Al escuchar su single “Lucifer Lives” (2010) me quedé de piedra al ver que un grupo de ahora sonaba clavado a los Venom del “Welcome To Hell”. Ese mismo sonido cavernícola, con la batería chapucera martilleando sin piedad, los riffs de guitarra asquerosamente sucios y ácidos, ese bajo grueso y crepitante que lo domina todo y esas voces que vomitan rabia y misantropía. El personaje que andaba metido detrás de semejante artefacto era un norteamericano veinteañero llamado Clayton Burgess, que a pesar de su juventud demostró que sabía lo que estaba haciendo con una madurez insultante. Tras largas sesiones nocturnas de cine de terror setentero, ángeles del infierno, erotismo chungo, sustancias alucinógenas variadas y discos de Electric Wizard, Black Sabbath y Black Flag sin parar, la propuesta de Satan's Satyrs iba tomando forma.
Su álbum de debut apareció en 2012 (“Wild Beyond Belief!”) y confirmó todas las expectativas que se habían creado. Esa mezcla de Electric Wizard, Venom, Black Flag, MC5 y Blue Cheer continuaba sonando explosiva y liberadora. Clayton lo grabó en su sótano en 8 pistas, así que la producción es lo-fi a más no poder, increiblemente denso, grave, cavernícola y supurante de distorsión y ruido. Además, él mismo se encargó de grabar todos los instrumentos, aunque eso ni se nota porque los temas suenan engrasados como una máquina. Un disco de intensidad aplastante, repleto de temas energéticos, sencillos y básicos directos a la yugular, moviéndose una vez más entre distintas aguas: el fuego del hard rock setentero, la pesadez del doom metal, la fluidez del heavy psych... pero pasado por el filtro del punk, porque efectivamente, hay veces que Satan's Satyrs parecen una centrifugadora en donde los riffs clásicos del hard rock son interpretados con la fiereza del punk. La fascinación por el cine satánico y ocultista de serie B, el euro-sleaze y los Hell's Angels se observa claramente en los textos de las canciones. Con la publicación de este disco Satan's Satyrs se convirtieron en la gran sensación del underground norteamericano, estableciendo una reputación que sólo ha hecho que crecer, especialmente desde que Clayton se unió a los míticos Electric Wizard en 2013, con los que ahora toca el bajo y con los que ha grabado un disco que promete ser histórico.
Había mucha expectación por ver cómo iba a ser su segundo disco y cómo iban a evolucionar, y el primer cambio notable fue que Satan's Satyrs pasaron de ser una one-man band a un power-trio, ya que Clayton Burgess (bajo y voz) reclutó a Jarrett Nettnin a la guitarra y a Stephen Fairfield a la batería, y anunció que sus nuevos temas iban a ahondar en las raíces más rockandrolleras, o sea que la cosa prometía. Su segundo trabajo llegó por fin en 2014 (lleva por título “Die Screaming”) y demuestra una madurez y una clara evolución en su planteamiento. Lo primero que llama la atención es que el sonido es algo más limpio que en el debut, se nota que le han dedicado más tiempo a la producción, así que ya no hay aquella distorsión y ruido al que nos tenían acostumbrados sino que tanto los instrumentos como las voces suenan mucho más depurados. Las canciones también estan más trabajadas a nivel de estructura: el grupo trabaja como power-trio y esa química especial se transmite a la música, cuyos grooves se vuelven más adictivos conforme pasa el tiempo. Los ecos de Venom y el doom más lisérgico han pasado a un segundo plano, mientras que se ha acentuado la parte más representada por el hard rock de finales de los 60 y el proto-metal primitivo. Satan's Satyrs han ampliado su horizonte sonoro y han dado un valiente paso adelante combinando la pesadez de los riffs, atmósferas psicodélicas y los estribillos pegadizos y memorables, yendo más allá del triángulo Wizard-Stooges-Blue Cheer para así ir añadiendo diferentes pinceladas que hacen más rica su excitante propuesta.


domingo, 16 de marzo de 2014

SHUB NIGGURATH


“Nuestro objetivo es conseguir la expresión más extrema de nuestra sensibilidad”.
“Nuestra música es extrema: nos hemos volcado por completo en ello”.
“Desde el principio, nuestra intención ha sido controlar el ruido”.
Tales declaraciones perfectamente podían encajar en el credo de cualquier grupo grindcore o de música industrial, pero no es este el caso ya que corresponden a frases extraidas de diversas entrevistas al grupo francés Shub-Niggurath. Y es que, efectivamente, estos franceses fueron uno de los grupos más extremos y radicales que hemos conocido en las últimas décadas.

Formados en 1982, Shub-Niggurath iniciaron su trayectoria influidos por la escuela zeuhl y el rock progresivo más heterodoxo, es decir, Magma, Univers Zero y Present. En un principio su intención fue explorar a nivel sonoro los universos malsanos de H.P. Lovecraft (de hecho Shub Niggurath es el nombre de una deidad en el panteón de dioses que creó el escritor de Providence) y crear una música que fuese lo más oscura y extrema posible, partiendo del zeuhl pero recurriendo a la improvisación, al caos, al ruido y a las disonancias más desagradables.

Grabaron una espectacular maqueta en 1985 (titulada “Shub-Niggurath”) donde ya plasmaron en cinta ese sonido tan oscuro y extremo que les caracterizaba, moviéndose en los parámetros del zeuhl, el avant-prog, el chamber-rock más expresionista, la improvisación libre y la música contemporánea. Objeto inmediato de culto, circularon algunas copias en los ambientes más underground que hicieron ver a la prensa que nos encontrábamos ante uno de los grupos más interesantes de los años 80. Esta demo fue re-editada por el sello francés Soleil Zeuhl en 2009 y nos hizo ver a aquellos que no pudimos en su momento que, efectivamente, Shub-Niggurath ya eran una máquina perfectamente engrasada a pesar de lo poco que llevaban juntos.

Su debut discográfico fue el disco “Les morts vont vite”, de 1986 (re-editado por Musea en 1997), donde continuaban profundizando en el sonido de su maqueta. Las influencias zeuhl seguían ahí, pero radicalizadas y llevadas a sus últimas consecuencias: Magma nunca sonaron tan ruidosos ni expresionistas. Su macabra portada ya era indicación de lo que íbamos a encontrar en su interior: las extensas composiciones, de una oscuridad estremecedora, avanzan en estructuras lentas y opresivas, donde las atmósferas lóbregas son atravesadas por explosiones de ruido y cambios de ritmo imprevisibles. Esta oscuridad, tal y como declararon en diversas entrevistas, tenía un origen romántico: querían asomarse al interior de sus mentes, a esas profundas e inquietantes aguas que cobijan tantos y tantos abismos y pensamientos ocultos, sentir el vértigo de la dimensión atemporal del universo. El diverso y variado origen de los miembros del sexteto fue un elemento clave en la originalidad de su sonido: la batería de Franck Coulaud marca los tiempos lentos pero con una pegada brutal; el bajo ultra-distorsionado y grueso de Alain Ballaud (en la estela de Janick Top o Bernard Paganotti); las torturadas guitarras de Frank Fromy, cuyo trabajo en este disco es sencillamente prodigioso, llevando a cabo un ejercicio de estrangulamiento de su guitarra como pocas veces se ha visto, exprimiendo cada nota como si fuese un grito agonizante o un electro-shock directo al sistema nervioso, creando atmósferas paranóicas comparables a las de Roger Trigaux; el trombón de Veronique Verdier, que añade densidad y graves al sonido; la delicada voz operística de Ann Stewart, que funciona de contrapunto ante la brutalidad y violencia de la música del grupo; y Jean-Luc Hervé, que venía de la música contemporánea (había estudiado con los compositores Gerard Grisey y Tristan Murail y formaba parte de la corriente de la “música espectral”) y que se encargó del piano, órgano y harmonium, contribuyendo a la complejidad de las composiciones y a la riqueza en la paleta sonora del grupo. Esto iba mucho más allá del zeuhl, es más, se podría decir que fue un sacrilegio para la ortodoxia del movimiento, era algo tan absolutamente apocalíptico y terrorífico que los puristas se llevaran las manos a la cabeza ante tamaña barbaridad de disco.

Tuvieron que pasar 5 años para que Shub-Niggurath nos ofrecieran la continuación de su magistral debut. Su segundo disco se tituló “C'etaient de trés grands vents” y lo publicó Musea en 1991. Estaba claro que un grupo tan inquieto no se iba a conformar con repetir la fórmula de su anterior trabajo, y así fue: el cambio a nivel estilístico fue más que notable, así como la radicalización de su sonido, que se alejó por completo del zeuhl e incluso del rock para adentrarse en terrenos más cercanos a la música contemporánea y la música electroacústica. Hubo algunos cambios en la formación que probablemente contibuyeron a esta metamorfosis. El batería Franck Coulaud fue sustituido por Edward Perraud y Michael Kervinio, dos músicos cuya contribución al nuevo sonido del grupo fue fundamental ya que rompieron los lazos con el rock al crear estructuras arrítmicas e improvisadas, encontrándose cómodos en la improvisación y en ocasiones enzarzándose en repeticiones obsesivas. La vocalista Ann Stewart fue reemplazada por Sylvette Claudet, también de corte operístico, que se lanzó sin miedo a interpretar estas composiciones tan complejas. El guitarrista Frank Fromy también dejó el grupo, así que Jean-Luc Hervé, además de seguir ocupándose del piano y el harmonium, se encargó de la guitarra eléctrica continuando en el estilo de Fromy: Shub-Niggurath estaban más centrados en el timbre y las texturas, de ahí que utilizaran las guitarras casi como si fuesen sintetizadores para generar ruido y atmósferas, evitando las melodías o los riffs. Así pues, “C'etaient de trés grands vents” está muy lejos de los orígenes del grupo: este es un disco mucho más difícil de escuchar ya que no hay ni una sola “canción” propiamente dicha. No hay melodías, no hay una estructura clara, los sonidos son abrasivos, atonales y disonantes, pero al mismo tiempo intensos a nivel emocional, estremecedores. Los instrumentos son los mismos que en el pasado, la brutalidad y la oscuridad también, pero expresada en otro lenguaje, mucho más frío, distante y abstracto. La polémica estaba asegurada, y una vez más el grupo recibió críticas muy halagadoras así como quejas por ese sonido tan “inaudible” y alienante que estaban creando.


En el año 1995, uno de los miembros fundadores del grupo, el bajista Alain Ballaud, murió debido a un cáncer. Esta lamentable desgracia dejó muy tocado al resto de componentes, que intentaron continuar con Shub-Niggurath durante un tiempo pero finalmente optaron por finiquitar el proyecto. En 2003 salió su último trabajo (“Testament”) que recogía distintas piezas grabadas en la primera mitad de los 90, y donde continuaban explorando ese sonido de corte más improvisado y disonante que iniciaron en su anterior disco, llevándolo más lejos todavía en términos de intensidad y violencia. “Testament” sirvió de epílogo a la trayectoria de este fascinante proyecto, cuya música va ganando en relevancia conforme avanza el tiempo.
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