Mientras Unsane se tomaban un descanso
entre los años 2000 y 2005, su guitarrista y cantante Chris Spencer
decidió mudarse una temporada de Nueva York a San Francisco, donde
formó un proyecto llamado Cutthroats 9. Por el motivo que sea siguen
siendo criminalmente desconocidos, a pesar de que sus tres únicos
trabajos (el disco “Cutthroats 9” en 2000, el e.p. “Anger
Management” en 2001 y el más reciente “Dissent” de 2014) son
toda una joya para los amantes del rock and roll más violento y
brutal. Spencer podía haber planteado una propuesta más suave o
asequible para intentar acceder a un mayor público, o quizás podía
haber sacado a relucir otra faceta a nivel creativo y ofrecer un
producto diferente al que nos tenía acostumbrados con Unsane, pero
qué va, nada de eso. En vez de ir a por la pasta, decidió hacer un
proyecto todavía mas underground y anticomercial. Con una convicción
incontestable creó un nuevo grupo todavía más salvaje, ruidoso y
abrasivo que Unsane (si es que eso era posible). Así pues no hay
sorpresas con Cutthroats 9: el sonido Unsane sigue ahí, pero
radicalizado, con mayor influencia del hardcore, con riffs más
acelerados y adrenalínicos, con esa voz que sigue rugiendo y
escupiendo bilis, sacando a la luz sus miedos y frustraciones con la
sinceridad y rabia habituales. De vez en cuando nos regalan algún
riff más lento, de cierto regusto a blues enfermizo, siempre
acompañados de esos chirridos de feedback ensordecedor en la onda
del sludge noise que tan bien dominan Unsane, pero en general abundan
los medios tiempos dominados por una urgencia y un nervio frenéticos.
El bajo suena grueso y crepitante (cortesía de Dave Curran, el
bajista de Unsane), con un batería hiperactivo que ofrece un
despliegue de variedad rítmica, ferocidad y precisión técnica
(Will Carroll) y por supuesto esas guitarras crujientes y esos riffs
sencillos, directos, sucios y rebosantes de odio a cargo de Spencer.
Por supuesto, el mal rollo y la depresión permanente siguen ahí, es
algo que llevan en el ADN, tanto un grupo como el otro. Una
espectacular guinda para una trayectoria admirable como es (y
esperemos que siga siendo durante muchos años) la de Chris Spencer.
miércoles, 10 de septiembre de 2014
jueves, 24 de julio de 2014
CURRENT 93: "IMPERIUM" (1987)
1987 fue un año difícil para David
Tibet. Sufrió graves problemas de salud y los médicos barajaron la
posibilidad de que sufriese de un tumor cerebral. Aquejado de ataques
de pánico, pérdida de coordinación y agorafobia, Tibet fue
ingresado en varios hospitales para tratar de curarle. Mientras
atravesaba una de las etapas más complicadas de su vida, Tibet
utilizó el arte como terapia y transformó su angustia en una de las
obras más personales e intensas de Current 93. La creación
artística como tabla de salvación y como exorcismo de nuestros
miedos, una vez más. “Imperium” es un disco que habla de manera
obsesiva sobre la muerte, sobre la decadencia de la civilización y
del ser humano. Afligido por sus circunstancias personales y su estado
de salud, Tibet sentía cerca tanto su final como el de la raza
humana, y nos mostró sin piedad y sin tapujos todas sus obsesiones
empapadas en la poesía y el romanticismo más oscuro y exacerbado.
Grabado en 1987, “Imperium” es uno de los discos más destacados
en la extensa discografía de Current 93. Esta obra ejerce de puente
entre sus anteriores trabajos (ambient-industrial de corte ocultista
y esotérico) y sus posteriores trabajos (más cercanos al folk ácido
y apocalíptico). “Imperium” se encuentra en la mitad de esta
encrucijada creativa, recurriendo a elementos de una y otra fuente
para crear así una obra de atmósfera irreal, onírica, entre el
ensueño y la pesadilla, y con esa frágil voz de David Tibet que se
dedica a susurrar sus textos en los que combina cristianismo,
budismo, misticismo y letanías apocalípticas.
La cara A del disco
contiene una fascinante suite dividida en cuatro partes y titulada
“Imperium”. Pocas veces he oído una música tan terrorífica y
tan hermosa al mismo tiempo. Los sonidos (algunos interpretados a
tiempo real y otros tomados de diversas fuentes sonoras y después
manipulados) crean una atmósfera onírica, melancólica,
sub-acuática, rica en sonoridades y en ecos medievales y místicos.
La combinación de esta música con los textos que Tibet recita
(todos ellos orbitando alrededor de la muerte, la extinción, el
final de nuestro ciclo, la vanidad y futilidad de nuestros sueños y
los bienes materiales), es una experiencia estremecedora pero de una
belleza escalofriante, de un calado poético y espiritual
arrebatador. Las cuatro piezas que conforman esta suite fluyen de
manera natural y se van metamorfoseando y transformado sin que nos
demos cuenta, mientras las distintas atmósferas, ecos y
reverberaciones sonoras nos guían en un viaje sombrío, majestuoso,
y alucinante.
La cara B de este precioso vinilo ofrecía cuatro temas
que siguen con la misma temática pero abordándola desde otras
perspectivas. “Be” es una breve incursión en el folk que en
posteriores discos de Current 93 irá tomando su forma definitiva.
“Locust” es una angustiosa canción de sonoridades disonantes
donde las guitarras, bajo y percusión van in crescendo acompañadas
de la voz de Tibet que en este momento deja de susurrar para pasar al
grito más salvaje. El enfoque contemplativo y meditativo de la cara
A se convierte por momentos en una pesadilla claustrofóbica y
violenta de la que no hay salida excepto en la muerte. El siguiente
tema, titulado “Or”, es otra fascinante pieza donde la
combinación de canto gregoriano, canciones nazis de la segunda
guerra mundial y sombrías e inquietantes grabaciones de diversos
sonidos manipulados en estudio sirven de fondo para que Tibet vuelva
otra vez a entonar sus letanías agónicas y apocalípticas. El álbum
se cierra con “Alone”, una desgarradora canción donde una
espartana línea de bajo y otra de sintetizador acompañan a la voz
de Tibet, quien reflexiona sobre la soledad, la desilusión, la
enfermedad, el sufrimiento humano y la inutilidad de la vida. Un
final de corte más íntimo y personal y que sirve como conclusión a
un disco que nos deja exhaustos y sin palabras, tocados en nuestro
interior pero en cierta manera purificados.
Y la pregunta es: ¿sirve
de algo tanto sufrimiento? Sin ninguna duda. Así pues, sólo me
queda volver a reflexionar otra vez sobre mi último día con esta
hermosa música.
miércoles, 18 de junio de 2014
REGULATOR WATTS
Alex Dunham fue uno de los guitarristas
más interesantes e idiosincráticos de los años
90. Su trabajo en grupos como Hoover y Abilene así lo
demuestra. En medio de estos proyectos, Dunham fundó un trío
llamado Regulator Watts, cuyo único disco, “The Aesthetics
Of No-Drag” (1997) y un ep (“Mercury”, de 1998) son uno de esos
tesoros prácticamente desconocidos del underground
norteamericano. Su revisión del post-hardcore pasa
obligatoriamente por Fugazi, Slint y June of 44, pero el grupo dotó
a su propuesta de una personalidad y un sonido propio que les
convirtió en algo muy especial. Su música ruge desde
los altavoces y hace explotar los tímpanos con ese sonido
seco, crudo, electrificado e increíblemente intenso que
Regulator Watts crearon con inusitada madurez. Sabían utilizar
con gran acierto el contraste entre ruido y silencio, entre calma
tensa y explosiones de violencia, entre feedback incendiario y
melodías inquietantes. Su acercamiento al rock era casi
minimalista, ya que el sonido es más bien espartano, basándose
en ese descomunal sonido de guitarras para ir creando tensión
y explorar estructuras intrincadas con tan sólo tres
instrumentos. Las complejas estructuras (otra vuelta de tuerca al
post-hardcore) suenan sencillas en sus manos, combinando guitarras
ultra-disonantes y torturadas (pocas veces he escuchado a alguien
hacer gritar a su guitarra de esa manera) con una base rítmica
super-compenetrada y fluida, todo ello rematado por una voz que va
desde el susurro más lánguido al grito desgarrador. En
ocasiones el trío crea atmósferas cercanas al
slow-core, con ritmos lentos y ecos fantasmagóricos (que más
tarde explorarían en Abilene) para después estallar en
ritmos abruptos, sincopados y en abrasivas andanadas de riffs
atonales y rugientes de distorsión. A pesar de ser un trío,
los niveles de ruido, de salvajismo sonoro y de catarsis a los que
llegan (con muchísima clase y elegancia, eso sí) son
sencillamente gloriosos. Una magistral lección de belleza y
violencia, como un caballo loco desbocado galopando sin rumbo hacia
un acantilado.
martes, 20 de mayo de 2014
JAN SVANKMAJER: "Conspirators Of Pleasure" (1996)
Caminando por la ciudad de madrugada,
muchas veces me he preguntado qué es lo que se escondía
tras esas cortinas, persianas y puertas cerradas de casas y
edificios. Qué tipo de prácticas, de actos, de
perversiones innombrables estaban siendo llevadas a cabo por
ciudadanos respetables que durante su faceta diurna aparentan ser
grises e inofensivos, pero que en la intimidad se convierten en
sátiros insaciables y siempre insatisfechos. Nuestra mirada se
cruza con la de alguien al que no hemos visto en nuestra vida, y al
que no volveremos a ver jamás, y durante esas décimas
de segundo notamos algo que nos hace plantearnos qué puede
haber hecho esa persona unas horas antes (qué habrán
tocado sus manos, dónde habrá hundido su lengua, qué
objetos habrán acariciado o golpeado su cuerpo) para después
seguir cada uno nuestro camino. Todos esos deseos inconfesables que
son realizados de puertas para adentro, sin que nadie lo sepa. Todo
el vicio y la degeneración que el ser humano posee en su alma,
por mucho que la educación y la civilización hayan
intentado reprimir y ocultar. Es precisamente esto lo que Svankmajer
nos muestra en “Conspirators of Pleasure”: vemos las vidas de
varios ciudadanos anónimos y aparentemente normales, pero que
en su intimidad se entregan a las prácticas eróticas
más inusuales y grotescas. Estos exploradores del placer,
guiados ciegamente por sus obsesiones y su deseo imposible de
reprimir, entrecruzan sus caminos, sus pasos y sus miradas por la
ciudad de Praga. El objetivo de Svankmajer en esta película
era el ensalzar la libertad absoluta y el auto-erotismo, convirtiendo
el cuerpo entero en una gigante zona erógena donde cualquier
parte de nuestra anatomía sea capaz de sentir placer, en una
visión sexual influida por Sade, Sacher-Masoch, Buñuel
y Ernst, entre otros. Svankmajer, el maestro del surrealismo más
perverso y morboso, nos ofrece una película que, a pesar de
ser muda, no pierde ni un ápice de intensidad ya que los
sonidos, la música y ese impresionante despliegue visual de
sugerentes imágenes nos sumergen en un mundo irreal donde los
personajes dan rienda suelta a sus pasiones más secretas y a
las prácticas más extravagantes. Una película
tremendamente erótica y sensual, en la que los cuerpos humanos
y las sensaciones ocupan un lugar predominante, enfocados desde una
perspectiva que combina lo absurdo y lo hermético con el humor
más negro imaginable. Fetichistas, sádicos y
masoquistas, los personajes de “Conspirators of Pleasure” buscan
sin descanso el placer extremo, como el vecino y la vecina,
solitarios y anónimos, que entran en una espiral
sado-masoquista de delirio mórbido y violento en la que él
se convierte en un gallo totémico, en un semental desbocado
que termina exterminando al objeto de su deseo, mientras que ella,
inmersa también en ese juego auto-destructivo, se sueña
como una dominátrix que humilla, castiga y asesina a su
vecino, convertido en un enclenque muñeco de paja. El resto de
personajes también viven entregados al placer, cada uno
atrapado en su propio mundo de deseos y sueños compulsivos,
como la empleada de correos que esnifa bolas hechas con miga de pan
para después extraerlas de su propio cuerpo y dárselas
de comer a unos peces que chuparán los dedos de los pies de
una presentadora de televisión que llega al orgasmo en antena
mientras el propietario de una papelería, enamorado de su
imágen televisiva, la ve en directo, mientras goza con una
máquina auto-erótica con la que sueña que su
musa se le entrega, o ese policía que ha creado diversos
juguetes sexuales hechos de clavos, brochas, cepillos, plumas, para
así poder acariciar su cuerpo de arriba a abajo hasta el
clímax en una explosiva mezcla de placer y dolor... Todos
ellos maquinando sin descanso en búsqueda de un único
objetivo, para terminar la película y ver que el proceso puede
continuar hasta el infinito, intercambiándose los papeles y
los deseos, encerrados en un laberinto de rituales psico-sexuales sin
fin, para así empezar otra vez en un bucle infinito de
obsesión, lujuria y placer.
martes, 29 de abril de 2014
SATAN'S SATYRS
Es muy de agradecer que de vez en
cuando salga algún grupo que le dé una patada en los huevos al
establishment musical y que sacuda los cimientos del cementerio del
rock and roll inyectándole una dosis de sangre nueva. Grupos
que nos devuelvan a las raíces perversas y malvadas del rock,
que nos recuerden el peligro y las emociones fuertes que caracterizan
a este sonido, que nos enchufen electricidad a la columna vertebral
con una buena sesión de riffs sucios y grasientos, como hacían
Sabbath, Blue Cheer, los Stooges, Motörhead y compañía.
Esto me ocurrió en los 90 con grupos como Sleep o Electric
Wizard, y posteriormente con gente como Orchid o Uncle Acid And The
Deadbeats. La misma sensación me produjeron Satan's Satyrs:
adoración del riff fumeta y narcótico, vuelta a lo
básico, a las raíces, sin inventar nada nuevo pero
reciclando los sonidos del hard rock, el doom y el heavy psych
clásico reinterpretándolos con descaro y un desprecio
absoluto por las modas y tendencias imperantes. Un sonido puro,
atemporal, que nos electrocuta e hipnotiza hasta que caemos en el
desvanecimiento y el olvido absoluto.
Al escuchar su single “Lucifer Lives”
(2010) me quedé de piedra al ver que un grupo de ahora sonaba
clavado a los Venom del “Welcome To Hell”. Ese mismo sonido
cavernícola, con la batería chapucera martilleando sin
piedad, los riffs de guitarra asquerosamente sucios y ácidos,
ese bajo grueso y crepitante que lo domina todo y esas voces que
vomitan rabia y misantropía. El personaje que andaba metido
detrás de semejante artefacto era un norteamericano
veinteañero llamado Clayton Burgess, que a pesar de su
juventud demostró que sabía lo que estaba haciendo con
una madurez insultante. Tras largas sesiones nocturnas de cine de
terror setentero, ángeles del infierno, erotismo chungo,
sustancias alucinógenas variadas y discos de Electric Wizard,
Black Sabbath y Black Flag sin parar, la propuesta de Satan's Satyrs
iba tomando forma.
Su álbum de debut apareció
en 2012 (“Wild Beyond Belief!”) y confirmó todas las
expectativas que se habían creado. Esa mezcla de Electric
Wizard, Venom, Black Flag, MC5 y Blue Cheer continuaba sonando
explosiva y liberadora. Clayton lo grabó en su sótano
en 8 pistas, así que la producción es lo-fi a más
no poder, increiblemente denso, grave, cavernícola y
supurante de distorsión y ruido. Además, él
mismo se encargó de grabar todos los instrumentos, aunque eso
ni se nota porque los temas suenan engrasados como una máquina.
Un disco de intensidad aplastante, repleto de temas energéticos,
sencillos y básicos directos a la yugular, moviéndose
una vez más entre distintas aguas: el fuego del hard rock
setentero, la pesadez del doom metal, la fluidez del heavy psych... pero
pasado por el filtro del punk, porque efectivamente, hay veces que
Satan's Satyrs parecen una centrifugadora en donde los riffs clásicos
del hard rock son interpretados con la fiereza del punk. La
fascinación por el cine satánico y ocultista de serie
B, el euro-sleaze y los Hell's Angels se observa claramente en los
textos de las canciones. Con la publicación de este disco
Satan's Satyrs se convirtieron en la gran sensación del
underground norteamericano, estableciendo una reputación que
sólo ha hecho que crecer, especialmente desde que Clayton se
unió a los míticos Electric Wizard en 2013, con los que
ahora toca el bajo y con los que ha grabado un disco que promete ser
histórico.
Había mucha expectación
por ver cómo iba a ser su segundo disco y cómo iban a
evolucionar, y el primer cambio notable fue que Satan's Satyrs
pasaron de ser una one-man band a un power-trio, ya que Clayton
Burgess (bajo y voz) reclutó a Jarrett Nettnin a la guitarra y
a Stephen Fairfield a la batería, y anunció que sus
nuevos temas iban a ahondar en las raíces más
rockandrolleras, o sea que la cosa prometía. Su segundo
trabajo llegó por fin en 2014 (lleva por título “Die
Screaming”) y demuestra una madurez y una clara evolución en
su planteamiento. Lo primero que llama la atención es que el
sonido es algo más limpio que en el debut, se nota que le han
dedicado más tiempo a la producción, así que ya
no hay aquella distorsión y ruido al que nos tenían
acostumbrados sino que tanto los instrumentos como las voces suenan
mucho más depurados. Las canciones también estan más
trabajadas a nivel de estructura: el grupo trabaja como power-trio y
esa química especial se transmite a la música, cuyos
grooves se vuelven más adictivos conforme pasa el tiempo. Los
ecos de Venom y el doom más lisérgico han pasado a un
segundo plano, mientras que se ha acentuado la parte más
representada por el hard rock de finales de los 60 y el proto-metal
primitivo. Satan's Satyrs han ampliado su horizonte sonoro y han dado
un valiente paso adelante combinando la pesadez de los riffs,
atmósferas psicodélicas y los estribillos pegadizos y
memorables, yendo más allá del triángulo
Wizard-Stooges-Blue Cheer para así ir añadiendo
diferentes pinceladas que hacen más rica su excitante
propuesta.
domingo, 16 de marzo de 2014
SHUB NIGGURATH
“Nuestro objetivo es conseguir la
expresión más extrema de nuestra sensibilidad”.
“Nuestra música es extrema:
nos hemos volcado por completo en ello”.
“Desde el principio, nuestra
intención ha sido controlar el ruido”.
Tales declaraciones perfectamente
podían encajar en el credo de cualquier grupo grindcore o de
música industrial, pero no es este el caso ya que corresponden
a frases extraidas de diversas entrevistas al grupo francés
Shub-Niggurath. Y es que, efectivamente, estos franceses fueron uno
de los grupos más extremos y radicales que hemos conocido en
las últimas décadas.
Formados en 1982, Shub-Niggurath
iniciaron su trayectoria influidos por la escuela zeuhl y el rock
progresivo más heterodoxo, es decir, Magma, Univers Zero y
Present. En un principio su intención fue explorar a nivel
sonoro los universos malsanos de H.P. Lovecraft (de hecho Shub
Niggurath es el nombre de una deidad en el panteón de dioses
que creó el escritor de Providence) y crear una música
que fuese lo más oscura y extrema posible, partiendo del zeuhl
pero recurriendo a la improvisación, al caos, al ruido y a
las disonancias más desagradables.
Grabaron una espectacular maqueta en
1985 (titulada “Shub-Niggurath”) donde ya plasmaron en cinta ese
sonido tan oscuro y extremo que les caracterizaba, moviéndose
en los parámetros del zeuhl, el avant-prog, el chamber-rock
más expresionista, la improvisación libre y la música
contemporánea. Objeto inmediato de culto, circularon algunas
copias en los ambientes más underground que hicieron ver a la
prensa que nos encontrábamos ante uno de los grupos más
interesantes de los años 80. Esta demo fue re-editada por el
sello francés Soleil Zeuhl en 2009 y nos hizo ver a aquellos
que no pudimos en su momento que, efectivamente, Shub-Niggurath ya
eran una máquina perfectamente engrasada a pesar de lo poco
que llevaban juntos.
Su debut discográfico fue el
disco “Les morts vont vite”, de 1986 (re-editado por Musea en
1997), donde continuaban profundizando en el sonido de su maqueta.
Las influencias zeuhl seguían ahí, pero radicalizadas y
llevadas a sus últimas consecuencias: Magma nunca sonaron tan
ruidosos ni expresionistas. Su macabra portada ya era indicación
de lo que íbamos a encontrar en su interior: las extensas
composiciones, de una oscuridad estremecedora, avanzan en estructuras
lentas y opresivas, donde las atmósferas lóbregas son
atravesadas por explosiones de ruido y cambios de ritmo
imprevisibles. Esta oscuridad, tal y como declararon en diversas
entrevistas, tenía un origen romántico: querían
asomarse al interior de sus mentes, a esas profundas e inquietantes
aguas que cobijan tantos y tantos abismos y pensamientos ocultos,
sentir el vértigo de la dimensión atemporal del
universo. El diverso y variado origen de los miembros del sexteto fue
un elemento clave en la originalidad de su sonido: la batería
de Franck Coulaud marca los tiempos lentos pero con una pegada
brutal; el bajo ultra-distorsionado y grueso de Alain Ballaud (en la
estela de Janick Top o Bernard Paganotti); las torturadas guitarras
de Frank Fromy, cuyo trabajo en este disco es sencillamente
prodigioso, llevando a cabo un ejercicio de estrangulamiento de su
guitarra como pocas veces se ha visto, exprimiendo cada nota como si
fuese un grito agonizante o un electro-shock directo al sistema
nervioso, creando atmósferas paranóicas comparables a
las de Roger Trigaux; el trombón de Veronique Verdier, que
añade densidad y graves al sonido; la delicada voz operística
de Ann Stewart, que funciona de contrapunto ante la brutalidad y
violencia de la música del grupo; y Jean-Luc Hervé, que
venía de la música contemporánea (había
estudiado con los compositores Gerard Grisey y Tristan Murail y
formaba parte de la corriente de la “música espectral”) y
que se encargó del piano, órgano y harmonium,
contribuyendo a la complejidad de las composiciones y a la riqueza en
la paleta sonora del grupo. Esto iba mucho más allá del
zeuhl, es más, se podría decir que fue un sacrilegio
para la ortodoxia del movimiento, era algo tan absolutamente
apocalíptico y terrorífico que los puristas se llevaran
las manos a la cabeza ante tamaña barbaridad de disco.
Tuvieron que pasar 5 años para
que Shub-Niggurath nos ofrecieran la continuación de su
magistral debut. Su segundo disco se tituló “C'etaient de
trés grands vents” y lo publicó Musea en 1991. Estaba
claro que un grupo tan inquieto no se iba a conformar con repetir la
fórmula de su anterior trabajo, y así fue: el cambio a
nivel estilístico fue más que notable, así como
la radicalización de su sonido, que se alejó por
completo del zeuhl e incluso del rock para adentrarse en terrenos más
cercanos a la música contemporánea y la música
electroacústica. Hubo algunos cambios en la formación
que probablemente contibuyeron a esta metamorfosis. El batería
Franck Coulaud fue sustituido por Edward Perraud y Michael Kervinio,
dos músicos cuya contribución al nuevo sonido del grupo
fue fundamental ya que rompieron los lazos con el rock al crear
estructuras arrítmicas e improvisadas, encontrándose
cómodos en la improvisación y en ocasiones enzarzándose
en repeticiones obsesivas. La vocalista Ann Stewart fue reemplazada
por Sylvette Claudet, también de corte operístico, que
se lanzó sin miedo a interpretar estas composiciones tan
complejas. El guitarrista Frank Fromy también dejó el
grupo, así que Jean-Luc Hervé, además de seguir
ocupándose del piano y el harmonium, se encargó de la
guitarra eléctrica continuando en el estilo de Fromy:
Shub-Niggurath estaban más centrados en el timbre y las
texturas, de ahí que utilizaran las guitarras casi como si
fuesen sintetizadores para generar ruido y atmósferas,
evitando las melodías o los riffs. Así pues, “C'etaient
de trés grands vents” está muy lejos de los orígenes
del grupo: este es un disco mucho más difícil de
escuchar ya que no hay ni una sola “canción” propiamente
dicha. No hay melodías, no hay una estructura clara, los
sonidos son abrasivos, atonales y disonantes, pero al mismo tiempo
intensos a nivel emocional, estremecedores. Los instrumentos son los
mismos que en el pasado, la brutalidad y la oscuridad también,
pero expresada en otro lenguaje, mucho más frío,
distante y abstracto. La polémica estaba asegurada, y una vez
más el grupo recibió críticas muy halagadoras
así como quejas por ese sonido tan “inaudible” y alienante
que estaban creando.
En el año 1995, uno de los
miembros fundadores del grupo, el bajista Alain Ballaud, murió
debido a un cáncer. Esta lamentable desgracia dejó muy
tocado al resto de componentes, que intentaron continuar con
Shub-Niggurath durante un tiempo pero finalmente optaron por
finiquitar el proyecto. En 2003 salió su último trabajo
(“Testament”) que recogía distintas piezas grabadas en la
primera mitad de los 90, y donde continuaban explorando ese sonido de
corte más improvisado y disonante que iniciaron en su anterior
disco, llevándolo más lejos todavía en términos
de intensidad y violencia. “Testament” sirvió de epílogo
a la trayectoria de este fascinante proyecto, cuya música va
ganando en relevancia conforme avanza el tiempo.
lunes, 10 de febrero de 2014
TOADLIQUOR
Putos Toadliquor. El santo grial del
sludge norteamericano junto a Eyehategod y Grief. Estos tres grupos
fueron la base del movimiento en la primera mitad de los 90,
partiendo del patrón dejado por Sabbath y los Melvins para
sumergirse en las profundidades de la alienación, la
misantropía y el rollo chungo en todas sus variantes. Es
difícil plasmar estas sensaciones en la música, pero el
sludge es un género que lo consiguió a la perfección:
un sonido deprimente, desagradable, supurante de rabia y mal rollo,
reflejo de la parte más oscura de nuestra sociedad, de todos
aquellos cuya existencia se ha visto superada por las circunstancias
y ya sólo aspiran a sobrevivir un día más
atrapados en un círculo asfixiante de soledad, abandono,
miedo, incertidumbre y podredumbre física y moral. El grito
obsceno de las mentes perturbadas y las almas torturadas, el alcohol
bebido en la soledad de la madrugada, la sensación de que ya
no le importas a nadie, puedes morir y mañana nadie te
recordará.
Mientras Eyehategod y Grief
sobrevivieron durante unos cuantos años y su discografía
fue aumentando, el caso de Toadliquor es diferente ya que sólo
grabaron un álbum (el mítico “Feel My Hate, The Power
Is The Weight” en 1993) y un ep para desaparecer sin más,
hasta que el sello Southern Lord les ofreció una más
que merecida re-edición del disco en 2003 (con algunos temas
extra), rebautizado como “The Hortator's Lament”.
Toadliquor no engañan a nadie,
van a lo que van, y al que no le guste, pues ya lo sabe. Guitarras
chirriantes nos azotan con lacerantes riffs de ácido sulfúrico
mientras suena un desagradable zumbido de fondo (supongo que es el
bajo) y la percusión quebrantahuesos avanza a paso de mamut
marcando los ritmos con parsimonia funeral. Los riffs son lentos y
aplastantes hasta la desesperación, con cierta tendencia al
caos y a la cacofonía, hay veces que esos tempos tan
terminales parece que vayan a derrumbarse y el grupo se vaya a sumir
en el ruido más absoluto pero de repente, no se sabe cómo,
vuelven a resurgir para continuar agonizando un poco más, eso
sí, reptando por las cloacas más sucias. Y esa voz, ese
grito desnudo y visceral, salido de las entrañas calientes de
un ser humano sumido en la miseria y la confusión. La voz se
convierte en un instrumento más al servicio de esta infernal
máquina de disonancia y feedback. Imposible entender lo que
dice, pero conforme grita imagino que no debe ser nada agradable. Un
ejercicio de exorcismo interior y comunicación primitiva más
allá del lenguaje.
Es preocupante saber que hay gente que
en su sótano o en el local de ensayo compone y graba esta
música. Y más preocupante es pensar que después
hay gente que lo escucha en sus casas. Cuánto vicio, cuánta
degeneración. Esto no tiene arreglo.
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