lunes, 23 de abril de 2012
STONED JESUS
Siempre me ha fascinado esa línea genealógica que empezó con Black Sabbath en los 70, siguió con Saint Vitus en los 80 y continuó con Sleep y Electric Wizard en los 90. Por supuesto hay más nombres, y cada persona tendrá sus preferencias, y está claro que la abundancia de grupos en este estilo hace que abunde la mediocridad, pero de vez en cuando te encuentras con auténticas joyas como es el caso de este trío ucraniano llamado Stoned Jesus. El grupo no esconde sus simpatías hacia los maestros anteriormente mencionados, pero su música suena con tal naturalidad y desparpajo que les convierte en una apuesta ganadora.
Stoned Jesus se arrodillan ante la fórmula primigenia del riff y reciclan esa herencia sónica para ofrecernos un producto de la máxima pureza, sin ningún rastro de modernidad, pretensión o comercialidad. Simplemente hacen lo que les gusta y rinden homenaje a sus maestros, como ya hicieron Sleep en su día y a ver quién se lo discute. En el género del stoner rock / psychedelic doom la originalidad no es lo que prima, sino que el objetivo es dar con ese riff perfecto y con esa atmósfera lisérgica que nos provoque un cortocircuito en el cerebro, tal y como hicieron Black Sabbath o Blue Cheer en su día. Cerrar los ojos, sentir el calambrazo eléctrico en la espina dorsal y olvidar toda la mierda que nos rodea. Una sensación que yo busco incesantemente y que no me canso de repetir con infinitas variaciones. Y eso lo consiguen Stoned Jesus a la perfección.
Las canciones son de considerable minutaje (alrededor de los 10 minutos) basadas en tan sólo un par o tres de riffs como mucho. Riffs obviamente humeantes, lentos y super-guarros, saturados de distorsión y con expediciones a terrenos psicodélicos bastante peligrosos. Producción setentera, cálida y agradable, de esa que te hace dudar si el disco es de hace un par de años o si bien fue grabado en 1971, con un sonido de guitarra gloriosamente sucio y una voz a lo Ozzy sin ningún tipo de rubor. Mucho groove sencillo pero contagioso, pasajes de puro jamming y de desparrame absoluto así como cierto trasfondo blues pero del espesito. En fin, una mezcla entre el “Holy Mountain” de Sleep y el “Master of Reality” de Black Sabbath que te engancha de lo lindo. Naturalmente el uso de sustancias puede ofrecer una perspectiva más profunda de estas canciones, pero aun así su sonido a secas ya es suficiente para el viaje alucinógeno puro y duro.
Su debut, “First Communion” (publicado en 2010) es de obligada escucha para los seguidores del stoner doom psicodélico más puro, y su nuevo álbum “Seven Thunders Roar” (2012) ofrece un sonido más cercano al rock progresivo aunque sin perder sus raices sabbathianas. Les seguiremos la pista.
martes, 3 de abril de 2012
UNSANE: "Wreck" (2012)
Una reseña escrita por Kawalero.
Toda una tropelía desde el contenido noise-rock hasta esa portada tan particularmente desagradable (en su onda, vamos). Se genera un vicio insano con esa suciedad de guitarras y la percusión a veces medio tribal, un reflejo de un hogar perdido en alguna montaña nevada donde encontramos confort del tremendo frío exterior dentro de una destartalada cabaña, llena de suciedad por todas partes, recibiéndonos nuestro chucho piojoso entre un hedor que hemos hecho nuestro. Nos recostamos y sonreímos con nuestros cuatro dientes sucios, al fin y al cabo mejor aquí que fuera, un hogar es un hogar.
Toda una tropelía desde el contenido noise-rock hasta esa portada tan particularmente desagradable (en su onda, vamos). Se genera un vicio insano con esa suciedad de guitarras y la percusión a veces medio tribal, un reflejo de un hogar perdido en alguna montaña nevada donde encontramos confort del tremendo frío exterior dentro de una destartalada cabaña, llena de suciedad por todas partes, recibiéndonos nuestro chucho piojoso entre un hedor que hemos hecho nuestro. Nos recostamos y sonreímos con nuestros cuatro dientes sucios, al fin y al cabo mejor aquí que fuera, un hogar es un hogar.
miércoles, 14 de marzo de 2012
VRESNIT

Cuando se piensa en los orígenes de la música se suelen visualizar imágenes de hombres metidos en cuevas hace miles de años, golpeando piedras, palos y primitivos objetos de percusión, usando caracolas y conchas de mar como instrumentos de viento y profiriendo cantos guturales para espantar sus miedos y venerar a sus dioses.
Sergei Ilchuk ofrece algo así como un retorno a estas musicas primitivas, cavernícolas, ancestrales, combinando reminiscencias atávicas y viajes del subconsciente en su fascinante proyecto llamado Vresnit. Este misterioso artista ruso ha grabado desde el año 2008 algunos de los discos más trascendentales de la escena ambient / drone / ritual más reciente.
Discos como “Kalen Ven”, “Vjuga - Ljet - Duj” o “Tunvet” nos transportan al inconsciente colectivo de esas tribus primigéneas, a cuevas, bosques y montañas desconocidas por el hombre, a paisajes desolados e insondables. Un viaje arcáico y chamánico generado por los instrumentos principalmente acústicos que Ilchuk utiliza, como por ejemplo gongs que crean atmósferas densas e impenetrables, percusiones sencillas y espartanas que sugieren ritmos rituales e hipnóticos, todo tipo de objetos que Ilchuk golpea y raspa transmitiendo así el sabor áspero de la tierra, la madera y el hierro, flautas que suenan como pájaros salvajes, cantos recitados y susurros inquietantes.
Vresnit plasma esta cosmovisión en diversos rituales grabados de alrededor de 40 minutos de duración cada uno, en unos discos cuya presentación, también muy cuidada, ofrece imágenes similares a los dibujos de animales y símbolos que los hombres primitivos dibujaban en sus cuevas. Su aproximación al género del ambient / drone es mucho más primitiva, arcáica e intuitiva que la de la mayoría de grupos de su género: la música de Vresnit no ofrece melodías ni ganchos de ningún tipo a los que aferrarse, no hay sintetizadores ni tecnología. A pesar de ser un sonido muy crudo, simple y de carácter analógico, llama muchísimo la atención la riqueza en las texturas y lo sugerente de sus drones, así como el dinamismo en las estructuras de todos estos rituales. Las masas sonoras intentan transmitir la pulsación del tiempo y las imágenes de nuestros sueños, se puede percibir el aroma de la tierra y el cielo, las notas fluyen y se mueven de manera dinámica y natural, el sonido flota, vibra, avanza y crece, mutando y expandiéndose en reverberaciones y ecos que afectan a diversas partes dormidas en el subconsciente y en nuestra faceta onírica, atavismos subliminales, de forma similar al trabajo chamánico de grupos como Exotoendo, Halo Manash o los primeros Ain Soph.
Así pues el viaje está garantizado, sólo queda dejarse llevar por estos fascinantes sonidos y por todos los ciclos vitales que nos invita a visitar, vida, muerte, renacer, los animales, las personas y la naturaleza, devolviéndonos a tradiciones, leyendas y rituales olvidados por el paso del tiempo.
viernes, 17 de febrero de 2012
SCORN "Vae Solis" (1992)
“Vae Solis” (1992) fue el primer trabajo de Scorn, un disco fundamental en la música industrial de los 90 y que a pesar de contar con sus ya 20 años de existencia ha pasado la prueba del tiempo de manera excepcional, ya que sigue siendo un álbum intenso y desasosegante después de tantos años y tantas escuchas.
Scorn nació como dúo, formado por dos ilustres miembros de la escena ruidista inglesa como eran Mick Harris (batería, samplers, secuenciadores y demás maquinaria) y Nik Bullen (bajo y voz), ambos ex-miembros de los legendarios Napalm Death. Harris y Bullen decidieron abandonar la escena del grindcore en busca de sonidos todavía más extremos e impactantes, pero en vez de recurrir a la velocidad y a la saturación como en Napalm Death, optaron por un sonido más lento y asfixiante, construyendo piezas disonantes de chatarra industrial y residuos sonoros tóxicos.
Scorn funcionó como dúo hasta 1994, editando obras maestras como “Colossus” (1993) y “Evanescence” (1994), demostrando una pasión por la experimentación y un ansia de explorar terrenos pantanosos realmente excitante, combinando elementos de la música industrial, ambient, noise, dub y atmósferas hipnóticas. En 1994 Nik Bullen abandonó el grupo así que Mick Harris siguió como Scorn en solitario, decantándose hacia un sonido instrumental más parco y profundizando en el dub y el isolationism, grabando discos muy interesantes aunque en un registro bastante distinto del de su primera época.
Pero volviendo al disco del que estamos hablando, la mayoría de canciones de “Vae Solis” se basan en lentas estructuras repetitivas de batería y bajo, atmósferas densas y opresivas, moviéndose sin problemas entre el sonido industrial clásico y los ecos de P.I.L., Killing Joke y Swans. Las composiciones tienen un sonido brutal, sucio, caótico e imprevisible, que igual suenan en plan cadena de montaje ultra-machacante que igual optan por los sonidos más ambient o incluso tribales. Ritmos tortuosos, mecánicos, maquinales (a veces batería, a veces caja de ritmos y a veces las dos cosas), y sobre esa estructura sonora se van añadiendo samplers y atmósferas claustrofóbicas de distinto origen así como distorsionadas texturas de guitarra eléctrica que oscurecen todavía más la sonoridad del grupo. “Vae Solis” contó con la participación de Justin Broadrick (de los todopoderosos Godflesh) en las guitarras, lo que le añade al disco una dimensión sonora extra ya que el trabajo de Broadrick es espectacular, no está tan centrado en los riffs brutales como es el caso de Godflesh sino que aparece más en un segundo plano, con un sonido disonante y psicodélico que aporta profundidad y densidad a los temas.
Obviamente este tipo de industrial no es del estilo fácil y asequible como el que practican otros grupos más cercanos al metal, sino que Scorn seguía una estética sombría y apocalíptica, girando alrededor de pesadillas, miedos y obsesiones, tanto en las letras como en las ilustraciones de los discos, algo que acompaña perfectamente al sonido tan oscuro, tenso e inquietante que va penetrando en nuestro subconsciente con cada sucesiva escucha.
martes, 10 de enero de 2012
Konstantin Lopushansky: "Visitor Of A Museum" (1989)
Konstantin Lopushansky empezó en el mundo del cine como ayudante de Andrei Tarkovski en su obra maestra “Stalker”, en 1979. Esta experiencia le marcó sin ninguna duda, y a partir de ese momento el discípulo Lopushansky empezó a desarrollar su propia obra, con claras influencias de Tarkovsky (coinciden en su gusto por los temas apocalípticos, escenarios desoladores repletos de basura y desperdicios, personajes solitarios, secuencias lentas y oscuras, preocupaciones morales de carácter existencial y cierta tendencia al misticismo) aunque con su propias señas de identidad. Curiosamente, mientras Tarkovsky cimentó una reputación a nivel internacional, Lopushansky es prácticamente desconocido hoy en día fuera de Rusia. Si las comparamos, las obras de Luposhansky son más oscuras, pesimistas e incluso desagradables, quizás esto haya sido uno de los factores que hayan influído en su escasa divulgación, pero aun así lo encuentro incomprensible porque estamos ante uno de los grandes directores de las últimas décadas.
Tras debutar con la fascinante “Cartas de un hombre muerto” (Dead man's letters, 1986), Lopushansky continuó con “El visitante del museo” (Visitor of a museum, 1989), su segunda película, en la que profundiza en el género de la distopía y crea una de las obras más fascinantes del cine de temática post-apocalíptica conocidas hasta ahora. Si en “Cartas de un hombre muerto” planteó el tema de la catástrofe nuclear y la búsqueda de la salvación en un mundo destruído, en “El visitante del museo” trabajó con la idea del fin del mundo provocado por las catástrofes ecológicas y la posibilidad de redención a través del sacrificio y la renuncia a la razón.
La singular belleza de esta película es una de sus claves. Belleza, claro, vista desde una perspectiva diferente: la belleza de los vertederos de basura, de las estaciones de tren abandonadas, de los vagones rotos, de las iglesias a medio derruir, la chatarra, los charcos de agua sucia, el desierto árido y seco, océanos muertos, vehículos olvidados y oxidados en playas contaminadas, las ruinas, los locos y los parias. Quizás esto no entra en el canon de belleza que normalmente se enseña en las sociedades bienpensantes, pero su encanto es indudable, hay que aceptar las reglas que impone el director ruso y dejarse llevar por esas imágenes y disfrutar de una experiencia cinematográfica única.
Predomina el color rojo (el color del infierno en el que viven los personajes), así como las ambientaciones lóbregas y las secuencias oníricas e hipnóticas. La banda sonora, parte indispensable en el efecto de la película, corre a cargo del compositor Alfred Schnittke, cuyas sonoridades cortantes y sus drones inquietantes actúan de contrapunto para acentuar la belleza desolada de las imágenes. “El visitante del museo” es una obra que me deja sin respiración durante sus más de dos horas de duración, hay veces que no puedo creerme lo que estoy viendo, no puedo asimilar la intensidad y la belleza apocalíptica de las imágenes, su lirismo y su poesía terminal, la cautivadora atmósfera. Su impacto emocional y su intensidad a nivel visual y temático la convierten en una auténtica joya, aunque prácticamente desconocida, del cine soviético de los años 80.
En la película vemos como el mundo está en plena decadencia y camino de la autodestrucción debido a los excesos tecnológicos y el abuso medioambiental, esto ha provocado inundaciones en todo el mundo y una degeneración genética de la raza humana que provoca el nacimiento de niños con todo tipo de retrasos mentales. A estas personas calificadas de “degeneradas” (locos, enfermos, pobres, desgraciados) se las aparta de la sociedad y se las confina en “reservas” (eufemismo para campos de concentración), aislados del mundo racional y “normal” (pero que es al fin y al cabo más degenerado y sucio que el otro). El protagonista no se siente cómodo en la sociedad normal en la que vive sino que empatiza con los locos y los abandonados, así que, perseguido por sus propios fantasmas y visiones, decide viajar desde el mundo de los sanos hasta el de los degenerados, abandonando la sociedad convencional para adentrarse en la reserva, tomando parte en un viaje iniciático que le llevará a convertirse en el mesías de los degenerados, que lo ven como su única posibilidad de salvación. Luposhansky utilizó a verdaderos enfermos mentales sacados de diversos hospitales psiquiátricos para la grabación de muchas escenas de la película, confiriéndole así un dramatismo y una intensidad inusitada a las escenas en las que los degenerados celebran su particular misa, llegando a extremos de histeria colectiva absolutamente espeluznantes, algo que no habría podido hacerse con actores reales quienes al fin y al cabo están actuando. En la película, los locos, los pobres y los desgraciados lo son de verdad, así que el miedo, la soledad y la alienación que transmiten sus expresiones es auténtico. Algo parecido buscó Alejandro Jodorowsky en su magnífica película “El Topo”, donde su protagonista también toma parte en un viaje iniciático que le lleva a una caverna poblada por personas con todo tipo de deformidades físicas y retrasos mentales, para convertirse en su dios y salvarlos.
La interpretación del protagonista Victor Mijailov es encomiable, su capacidad para expresar deseperación gracias a sus duras facciones, y especialmente su transformación de persona sana a loco, llega a poner los pelos de punta en muchos momentos, así como la visceralidad que transmite durante su viaje iniciático que le llevará a expiar los pecados de la humanidad cargando en sus espaldas toda la pena, la vergüenza, la humillación y el dolor de los abandonados. En este viaje místico atraviesa paisajes desolados donde la naturaleza muestra toda su crueldad, desiertos, pantanos, mares enfurecidos, templos abandonados y culminando en lo alto de una montaña donde gritará su plegaria y renunciará a su razón para salvar a los más desgraciados. La única manera de salvar a la humanidad es el sacrificio (Tarkovsky también abordó este tema en su última obra, “Sacrificio”) así pues el protagonista pierde la razón y el lenguaje, se vuelve loco y en la escena final de la película lo vemos arrastrarse y gritar en medio de un vertedero de basuras interminable, iluminado por la luz rojiza de una puesta de sol aterradora, una escena de intensidad sostenida durante minutos, acompañada certeramente de la música de Schnittke. Uno de los finales más espeluznantes que recuerdo.
Desde luego que “El visitante del museo” es una obra que puede llegar a agotar al espectador medio, que incluso puede llegar a horrorizarle, pero es que hay ocasiones en las que el arte exige un esfuerzo y una entrega por nuestra parte, nos exige ir más allá del puro entretenimiento inofensivo para adentrarnos en terrenos más oscuros e inhóspitos, pero esenciales para vislumbrar las zonas más oscuras del alma. Un crítico alemán lo expuso claramente al referirse al estreno de esta película en 1989, diciendo que “tras dos horas viendo la película, el público llega a entender que todo no está en la comodidad, y eso es el arte, tan necesario como el pan.”
domingo, 1 de enero de 2012
viernes, 16 de diciembre de 2011
AMON
Amon es uno de los múltiples proyectos del músico italiano Andrea Marutti, miembro fundamental de la interesantísima escena ambient italiana junto a Stefano Musso (Alio Die) y Gianluigi Gasparetti (Oöphoi). Amon grabó una serie de discos clave en el dark ambient de los años 90, desarrollando una obra que combinaba el interés por los sonidos cósmicos y espaciales, el estudio de civilizaciones olvidadas (especialmente la egipcia) y los sonidos ambientales más densos y misteriosos que se conocen. Una discografía reducida y prácticamente imposible de conseguir, un ejercicio de arqueología sonora en la que sumergirse y desaparecer.
En discos como “Amon” (1996) y “Mer” (1999) Amon creó un dark ambient visceral, físico, cuya poderosísima vibración hace temblar las paredes y nos retumba en el estómago y las plantas de los pies cuando se escucha al volumen apropiado. A pesar de que Marutti no utiliza gongs, el efecto es similar al que produce el sonido de un gong, en el sentido de que el impacto no es sólo emocional sino también físico. En otros discos como “El Khela” (1997) o “The Legacy” (1999) Marutti opta por un sonido más sutil y subliminal, sin abandonar la estética dark ambient pero con un enfoque minimalista, investigando en el silencio, los ecos y el reverb, intentando reproducir el sonido de las catacumbas, con sus pasadizos estrechos, húmedos y claustrofóbicos, las partículas de polvo flotando en la oscuridad durante siglos, corrientes de agua subterráneas, piedras cayendo sobre el suelo de cavernas nunca exploradas por el hombre.
La propuesta de Amon está dominada por extensas composiciones que abundan en drones esféricos que se repiten y dilatan buscando estados hipnóticos, formando masas sonoras en expansión que oscilan lentamente como satélites olvidados orbitando alrededor de planetas muertos. Las notas se mantienen flotando durante minutos en una especie de mantra electrónico creando así una atmósfera sagrada y ritual propicia para alterar la conciencia y emprender la búsqueda del trance nocturno. Estos sonidos están vivos mientras fluyen de los altavoces y se extienden por la habitación envolviéndolo todo, inundando el espacio con sonidos ultra-graves, frecuencias subterráneas, reverberaciones metálicas y resonancias espectrales. Una música sugerente, que nos hace visualizar formas horribles y bellas simultáneamente, como una fotografía en negativo de un paisaje inerte, haciéndonos sentir la fascinación y el miedo ante el vacío que intuimos en los confines del universo, ante los abismos inexplorados en el fondo de los océanos o ante el espectáculo de una supernova en formación.
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