miércoles, 4 de enero de 2017

ATANAS AKERSTRA: "ORO" (2016)


Los antiguos alquimistas se encerraban en gabinetes herméticos para llevar a cabo su búsqueda. Iluminados por el rayo gnóstico, exploraban el martirio de los metales en su camino a la perfección: el oro. El proceso de la transmutación de los metales (similar a la travesía del alma en las prácticas de magia astral) implicaba una transformación, un cambio: la muerte, la putrefacción y la descomposición del cuerpo / metal, que daría pie a algo nuevo y puro. Precisamente “Oro” es el título del segundo trabajo de Atanas Akerstra, donde profundiza en en las raíces de ese proto-blues que ya planteó en su “Volumen 1” en 2006, pero ahora desde una perspectiva más primitiva, ascética e intuitiva, reduciéndolo a su estructura más austera y desnuda. Para ello ha escogido, entre otras, un puñado de temas de Akauzazte (grupo en el que milita desde hace décadas) y, como si de un alquimista se tratase, las ha transformado en sencillas piezas acústicas de gran pureza, sin adulterar, cristalinas, brillantes, afiladas y duras como un diamante en bruto, convirtiendo las sinfonías ruidistas tribales de Akauzazte en estas canciones reducidas a su esqueleto básico de guitarra española y voz, pero cargadas de emoción e intensidad. Grabaciones caseras de corte intimista que capturan la magia, frescura y espontaneidad de estos momentos fugaces e irrepetibles que son estas canciones, alumbradas en un inhóspito cruce de caminos bajo el influjo de Michael Gira, Mikel Laboa o John Fahey. A pesar de la sencillez y parquedad de su enfoque, el oyente es sumergido en un fascinante microcosmos en donde hay más variedad de lo que uno podía creer en un principio: lo mismo se nos presenta como un encantador de serpientes que nos hipnotiza con su belleza envolvente (“Gure gogoa”) que se enfrasca en estructuras de una o dos notas repetidas de manera obsesiva que sirven de cable de acero sobre el que Atanas ejerce de funambulista haciéndonos sentir el vértigo y la atracción del vacío (“Suharriak”, “Gure etxean gaude”), o bien nos atrapa con sonidos cortantes que cercenan e infectan la carne como cuchilla oxidada (“Aintzina, basabereak”), o se retuerce como un faquir sobre la cama de clavos en las misteriosas “Sugeak orain” y “Aurka” mientras, por turnos, nos va susurrando al oído frágiles melodías o recitando como un chamán poseído o gruñendo, aullando, rugiendo o bramando sonidos de origen animal. El final del viaje nos arrastra como el mar hacia la bellísima explosión catártica de “Badaude”, completando así el tránsito tras haber atravesado las siete esferas del cielo ptolemaico desde Saturno hasta el Sol, culminando así la transmutación de los metales partiendo del zinc hasta llegar al oro.
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