martes, 21 de julio de 2015

WHORES



Whores. El nombre del grupo ya es toda una declaración de intenciones. Putas. Así, sin más. Ser una puta no sólo consiste en vender sexo a cambio de dinero. También es vender tu tiempo y desperdiciar tus días en tu trabajo de mierda. O sentirte atrapado viendo cómo se te va la vida en una relación sentimental sin salida pero que no dejas por miedo a la soledad. O estar anulado en tu familia, en tu ciudad, con los horizontes cada vez más estrechos y no tener valor para romper con todo. O tener miedo de no llegar a fin de mes y de no poder pagar las facturas, viviendo siempre con esa incertidumbre de lo que pueda pasar el mes que viene. Así pues, hay muchas maneras de ser puta en esta sociedad. Y esa sensación de rabia, de asco, de frustración es la que transmiten Whores en su música. Rollo chungo a raudales, violación auditiva, perforación de tímpanos, gritos angustiosos, catarsis asegurada. Con tan sólo dos ep's a cuestas (“Ruiner” en 2011 y “Clean” en 2013), este trío norteamericano se ha convertido en toda una joya del noise-rock mas subterráneo. Hace mucho tiempo que no vibraba tanto escuchando a un grupo, y Whores lo consiguieron, haciéndome sentir con su ferocidad algo parecido a las primeras veces que escuché a gente como Unsane o los Melvins. Algo realmente excitante, peligroso, que te hace sonreir con sarcasmo ante las barbaridades que se te pasan por la cabeza cuando los escuchas. Está más que claro que Whores no han inventado nada con su sonido, pero me da igual, ya que me rompen todos los huesos de mi cuerpo y logran vaciarme completamente con su bendito ruido. Moviéndose con maestría entre el noise rock más salvaje, el punk más asfixiante y el sludge más cavernícola, Whores tienen todas las de ganar. Riffs de guitarra viciosos y cortantes, un bajo grueso, muy grueso, con un volumen tan alto o más que el de las guitarras, llenando el espacio hasta estrangularnos, una batería demoledora, y unas voces que escupen con rabia esas letras que hablan de la paranoia cotidiana en la que anda metido ese 21st century schizoid man que llevamos dentro. Canciones brutales, aplastantes, con intensidad al límite, pero con un excelente ojo para componer y arreglar de forma que suenan dinámicas, siempre buscando el clímax eléctrico y la liberación emocional desenfrenada. Por supuesto, el espíritu reencarnado de Black Sabbath aparece cuando Whores ralentizan los tiempos y se enfrascan en riffs lentos y viscosos. En otras ocasiones, los ritmos machacones y viscerales beben directamente de las fuentes de Helmet, Unsane y el sonido AmpRep en general, sin olvidar ese sentido de la música tan retorcido que tienen los Melvins o Jesus Lizard. Sí, imagínate todo esto metido en un cocktail pero mucho más agresivo y violento, sin piedad hacia el oyente, vamos. Y ni falta que hace, oiga, que en los tiempos que corren hacen falta más grupos como éste.

jueves, 30 de abril de 2015

ADRIAN LYNE: La escalera de Jacob (Jacob's Ladder)



Jacob Singer, cartero y ex-veterano del Vietnam, no sabe si está vivo o muerto. Jacob vaga como un fantasma por las calles de Nueva York, sucias, decrépitas, llenas de basura, mientras el frío del invierno le atraviesa la ropa y le cala los huesos. Se pierde en laberínticas estaciones de metro mal iluminadas, repletas de vagabundos, de marginados, de la escoria de la sociedad. En su estado de alucinación permanente y de paranoia obsesiva, cree ver demonios que le persiguen y le acechan con la intención de acabar con él. Durante unas décimas de segundo, en la ventana de un tren que pasa, en el interior de un coche con el que se acaba de cruzar, en un reflejo en el espejo, en un perfil de un desconocido que se aleja, ve repentinamente rostros deformes retorcidos por el sufrimiento, cabezas agitándose espasmódicamente, bocas abiertas aullando de dolor. ¿Proyección de demonios interiores, delirios conspiranóicos, o acaso alguien le persigue de verdad? Y Jacob no sabe si está vivo o muerto. Sueña en su cuchitril neoyorquino, acompañado de su novia, una compañera de trabajo de la cual nunca terminó de fiarse y que le toma por loco. Sueña con su ex-esposa y con su hijo muerto, atropellado por un coche. Despierta, y no sabe cuál es el sueño y cuál es la realidad, si está durmiendo con Sara y soñando sobre Jezebel o si está durmiendo con Jezebel y soñando sobre Sara. Los recuerdos permanentes del Vietnam le obsesionan y le vienen a la cabeza una y otra vez: toda aquella violencia absurda y sin sentido, aquella carnicería obscena, aquella bayoneta que se le clava en el estómago, esa camilla y el helicóptero de rescate que se lo lleva por los aires. Y no sabe si está vivo o está muerto. Jacob atraviesa esa tenue linea entre razón y locura, y no sabe si la pesadilla es estar vivo o estar muerto. Tiran a Jacob de un coche en marcha, lo llevan al hospital y mientras va atravesando puertas tumbado en su camilla empujada por dos enfermeros anónimos, observa restos humanos mutilados en el suelo, sangre en las paredes, enfermos mentales en camisa de fuerza, gimiendo, gritando, llorando, y criaturas deformes que lo siguen con la mirada. Un cirujano, acompañado de la novia de Jacob, y un enfermero sin ojos le inyectan droga directo al cerebro. Jacob grita que está vivo, pero el cirujano le dice que si estuviera vivo no estaría allí, en ese infierno. Cuando Jacob despierta en la fría habitación de su apartamento tras un ataque de pánico e histeria que le duró toda la noche, su novia llora, y él no sabe si es peor la pesadilla del hospital o la de su casa. Y no sabe si está vivo o muerto. Jacob Singer ve cosas que los demás no ven. Se siente amenazado por unos demonios que sólo él ve. Se abren grietas inexplicables en su mundo cotidiano a través de las que asoman seres y formas que no reconoce. En una fiesta, abre la nevera y ve la cabeza de un animal muerto. Destapa la tela que cubre una jaula y ve un cuervo intentando escapar. Su novia baila con un demonio que la encula con placer y la revienta por la boca con su falo-cuerno. Jacob cae el suelo entre convulsiones. Al despertar, su novia le recrimina el espectáculo que dio. Esa sensación de no poder explicarle a nadie lo que siente por si lo toman por loco, esa soledad y alienación, van abocándolo a la desesperación. Y ahí está la escalera. La “escalera” es el nombre de la droga que les suministraron en Vietnam para retrotraerles a sus instintos más violentos y a los miedos más primitivos y así aumentar la agresividad durante el combate. Tal fue el nivel de violencia provocada en su pelotón que terminaron masacrándose entre ellos. Esa escalera es también la escalera por la que Jacob desciende cada día no a un infierno, sino a varios. Y es esa escalera por la que sube con su hijo muerto hacia una puerta iluminada que no sabe dónde le llevará. Mientras tanto, en una camilla de un hospital de guerra en Vietnam, Jacob Singer yace muerto.

lunes, 26 de enero de 2015

"Conozco a pocas personas como yo, cuyos logros hayan quedado más justamente lejos de sus aspiraciones, ni tengan en general menos motivos por los que vivir. Carezco de todas las aptitudes que me gustaría tener. Todo lo que puedo valorar, o lo he perdido o probablemente lo voy a perder. Dentro de diez años, a no ser que encuentre un empleo que me reporte al menos 10 dólares por semana, tendré que tomar la decisión del cianuro, por incapacidad para conservar junto a mí los libros, cuadros, muebles y demás objetos familiares que constituyen la única razón que me queda para seguir viviendo. Y por lo que se refiere a la soledad, probablemente me llevaré todas las medallas. En Providence no he conocido un espíritu afín al mío con el que haya podido intercambiar ideas; y aun entre mis corresponsales, son cada vez menos los que coinciden conmigo en cuestiones suficientes como para hacer deleitable la conversación, aparte de algunos puntos especializados. La generación más reciente se ha alejado aún más de mí, mientras que la vieja está tan fosilizada que constituye un flaco material para discutir o conversar. En todo (filosofía, política, estética e interpretación de las ciencias) me encuentro solo en una isla. Con la juventud se han perdido todas las posibilidades de encanto de esperanza de aventuras... dejándome encallado en un bajío sin nada a lo que recurrir..."

Fragmento de una carta escrita por H. P. Lovecraft en 1935.


viernes, 19 de diciembre de 2014

Entrevista a ATAVISMO

Surgidos de las cenizas de un grupo fundamental de la escena española como fueron Viaje  800, y también de los poco conocidos pero no menos interesantes Mind!, Atavismo acaban de publicar su primer disco, titulado "Desintegración". Empapados del progresivo más evocador, de la psicodelia más fumeta y con un afán de exploración incansable, este trío andaluz ha grabado uno de los discos más interesantes del panorama nacional. Poti, encargado de la guitarra y las voces, contestó amablemente a nuestras preguntas. 



¿Cuáles son los puntos de conexión estilísticos y las diferencias de Atavismo con vuestros anteriores proyectos?
La verdad es que hay bastante diferencia entre nuestras anteriores bandas con Atavismo, sobre todo en lo musical. Viaje A 800 estaba más cerca del Heavy, y Mind! era una banda de space rock/kraut... Pensamos que Atavismo es más psicodelia/progresivo, por supuesto pasado por nuestra particular batidora de sonidos.


El nombre de vuestro álbum de debut es “Desintegración”, una palabra con connotaciones de algo que termina, que desaparece, cosa paradójica ya que por el contrario este disco marca el inicio de vuestra andadura, y no el final. ¿A qué se debe la elección de este título?
Pues es un nombre que en principio queríamos ponerle al disco de Mind! y que al final no cuajó ya que en inglés no sonaba lo bien que queríamos, así que decidimos que era el momento perfecto para ponérselo a este disco.


La sensación que me provoca vuestra música es la de un viaje lisérgico en la que se visualizan multitud de paisajes que transmiten sensaciones de placidez, exuberancia, sensualidad y belleza. Parece que quedó atrás la angustia y la tensión que a veces dominaban en Viaje a 800. ¿Ha sido esto fruto de una evolución espontánea o hay otros factores que han influido?
Totalmente ha sido una evolución espontánea, la música cambia al igual que la vida y no se puede estar siempre haciendo lo mismo. Aunque creemos que en nuestra lírica no hay mucha diferencia con la de Viaje A 800 ya que el que las compone es la misma persona, más bien es una evolución como hemos dicho antes.


¿Me podríais decir algo más sobre la ilustración de la portada? ¿Por qué la elegísteis?
La portada es de nuestro gran amigo y grandísimo artista Antonio Ramírez, líder de la ya desaparecida web Mentes de Acido y uno de los mejores pintores psicodélicos de nuestro país. Simplemente le hicimos el encargo y nos hizo esa maravilla, es uno de sus cuadros llamado "La noche de San Juan".


Vuestros temas suenan fluidos y engrasados, con grooves muy trabajados pero también con cierta tendencia hacia buscar momentos más libres. ¿Cuánto hay de improvisación y de jam en vuestra música? ¿O, por el contrario, está todo calculado al milímetro?
Hay ambas cosas en nuestra música, se podría decir que un 50% de cada una. Hay partes donde podemos improvisar y lo hacemos y otras en las que todo está calculado y pensado.


En mi opinión, Poti es uno de los mejores letristas e incluso una de las mejores voces de las últimas décadas del rock español, al nivel de gente como Carlos Desastre, Javier Almendral o Corcobado. Es un lujo ver que a pesar de los sinsabores de la industria musical, de las decepciones y de la lucha que supone moverse entre ambientes tan minoritarios, sigues ahí después de todo. ¿Cómo se hace para no perder las ganas y la motivación, para no arrojar la toalla?
Ante todo muchas gracias por las comparaciones, ya me gustaría a mí poder llegar a esos niveles de composición, para mí son referentes en la música y alguno de ellos amigo, como es el caso de Carlos. No te puedo explicar cómo uno no se cansa de hacer música, he llegado a la conclusión y creo que es parte de mí, o como se suele decir, un estilo de vida.


¿Qué es la música para vosotros?
Para nosotros es lo más importante, incluso más que nuestros trabajos, pero sabemos que de esto no podemos vivir en este país, y menos con la cantidad de incultura que hay y encima cada vez peor con la de sinvergüenzas que tenemos gobernándonos ahora mismo. Es decir que estamos totalmente vendidos y con el culo al aire.


¿Me podríais nombrar tres grupos actuales a los que seguís con interés?
Actuales nos gustan mucho Retribution Gospel Choir, Wand y Wolf People, entre otros... Ahora por suerte hay muchas bandas interesantes y haciendo buena música como hacía años que no se escuchaba.


Voy a nombraros unos grupos y me gustaría que me comentáseis lo que os hacen sentir, o pensar, o lo que signifiquen en vuestras vidas.
- Pink Floyd: Sencillamente la mejor y más completa banda de la historia del rock, son capaces de todo, sólo hay que ver Live At Pompeii para darse cuenta de ello.

- Black Sabbath: Uno de nuestros grupos de cabecera, la banda con más cojones que hemos oído nunca, una válvula de escape cuando quieres mandar a la mierda tus problemas y olvidarte de todo.

- 713avo Amor: Ruido y Poesía, un referente del underground nacional desde hace mas de 20 años. Por desgracia, como todo lo bueno se acabó, dejando 2 obras maestras para el deleite del personal.

- Motorpsycho: ¿La mejor banda del siglo XXI? Pues posiblemente sí, después de haberlos visto un montón de veces en directo creo que no hay ninguna duda... Eclecticismo musical y buen hacer, ojalá nos duren muchos mas años de los que ya llevan, porque creo que sin ellos estaríamos perdidos.

Ya para terminar, ¿cuales son vuestros proyectos de cara al futuro?
¿Próximos conciertos, grabaciones, sueños?
Pues tocar, sacar canciones y grabar muchos discos... Toda la información sobre conciertos y demás la podéis encontrar en nuestro facebook.


Muchísimas gracias por contestar a mis preguntas. Es un verdadero
honor que hayáis compartido este tiempo con La Fam. ¿Algo más que
querráis añadir?

Muchas gracias por la entrevista y os esperamos en nuestros conciertos... No nos falléis!!!!

domingo, 30 de noviembre de 2014

LAMP OF THE UNIVERSE



Me imagino a Craig Williamson, el creador y único integrante de Lamp Of The Universe, en una remota comuna hippy de su Nueva Zelanda natal, rodeado de animales y naturaleza salvaje, con el olor del incienso ardiendo mientras él, en su pequeño estudio de grabación, trabaja grabando y regrabando esta maravillosa música con la que nos viene deleitando desde 2001. Escuchar la música de Lamp Of The Universe es como hacer un viaje en el tiempo hacia finales de los años 60, en plena eclosión del hippismo, la psicodelia ácida, el folk lisérgico, los sonidos del hard rock primigenio y la espiritualidad oriental. Su combinación de elementos acústicos (guitarras y sitar), teclados, percusiones varias y la dosis adecuada de fuzz y wah en plan stoner/heavy psych, así como ese ambiente tan exótico, relajante y narcotizado es un auténtico trip sensorial. Música para viajar, para cerrar los ojos y explorar nuestro interior.

Sus dos primeros discos, “The Cosmic Union” (2001) y “Echo in Light” (2002) sientan las bases de su sonido. En ellos encontramos los dos polos entre los que se mueve Lamp Of The Universe: por un lado canciones de corte acústico que mezclan el folk ácido con los ecos de la música hindú (sítar y tablas por doquier), percusión minimalista, teclados y el sonido pre-grabado de agua fluyendo, mientras que por otro lado Williamson se sumerge en terrenos más cercanos al heavy psych setentero, enfrascándose en jams super-triposas repletas de fuzz, wah y riffs absolutamente fumetas que alteran nuestra percepción. Todo ello en un ambiente hipnótico y narcotizante al máximo, sin olvidar la delicada y frágil voz de Williamson que gravita alreredor de todos estos sonidos recitando sus himnos al amor, a la luz, a la libertad, a la naturaleza y al cosmos, en un festival hippy como pocas veces se ha visto en estos últimos tiempos.

Para su tercer álbum (“Earth, Spirit and Sky”, de 2005), Williamson decidió despojarse de sus ropajes eléctricos y su arsenal de pedales para grabar un disco enteramente acústico y que, en mi opinión, es de sus mejores trabajos. Este disco tiene un enfoque muy cercano al que Popol Vuh practicaron en su época mística (en trabajos como “Hosianna Mantra”, “Seligpreisung” o “Die Nacht der Seele”). Un disco mucho más folkie que los dos anteriores, en al cual siguió profundizando en su amor por los ragas Hindúes, el misticismo oriental y la psicodelia más ácida. El sonido, de una belleza y exotismo subyugante, parte de las guitarras acústicas y el sítar, para añadir algo de percusión sencilla y rudimentaria, field recordings de ambientes naturales y, como siempre, esa voz tan especial que nos hace soñar con paisajes lejanos e inexplorados. La atmósfera que irradian las canciones es tremendamente hipnótica, sumiéndonos en un estado semi-letárgico y purificando nuestras almas a base de una belleza simple y primitiva, emocionándonos como si ya hubiésemos escuchado estas canciones en otro sitio, en otro tiempo, en otra vida, quién sabe.

Lamp Of The Universe publicó otro disco también en 2005, titulado “Heru”, pero de un perfil bastante diferente a los anteriores. Para este trabajo, Williamson decidió profundizar en el drone y los ambientes más hipnóticos, grabando un disco enteramente instrumental, donde, además de su faceta acústica, vuelve a incorporar su arsenal eléctrico de wah y fuzz y además le añade varias capas de teclados cósmicos (que por momentos le acercan al krautrock) para sí aumentar la sensación de vuelo libre. Un solo tema de una hora de duración, dividido en 7 partes, que utiliza como base el drone creado por el sítar para ir avanzando en diferentes pasajes que van combinando diversas capas de sonido, guitarras acústicas, eléctricas, percusión y teclados, con partes relajadas y otras más intensas, haciéndonos subir y bajar en un viaje absolutamente cautivador.

Sensaciones similares provocan sus siguientes discos: “From the Mystic Rays of Astrological Light” (2006), que continua en la onda de “Heru”, y “Arc of Ascent” (2007), siendo este último el disco más experimental de Lamp Of The Universe, un trabajo bastante alejado de su sonido habitual y que en cambio se decanta por los drones más intensos que nunca haya grabado Williamson, con tan sólo dos extensos temas de improvisación, drone ácido y espiritualidad tántrica, dando rienda suelta a su parte más free y ruidosa, cercana en ocasiones a Natural Snow Buildings, ofreciéndonos un nuevo viaje alucinante sin billete de vuelta posible.

En 2009, tras este período algo más experimental, Craig Williamson decidió volver a sus orígenes y grabar un nuevo trabajo (“Acid Mantra”) que nos devuelve a los sonidos de sus dos primeros discos. El título del disco ya deja claro por dónde van los tiros: atmósfera cósmica en la que fluyen los mantras creados a base de guitarras acústicas y sítar, psicodelia raga y stoner tranquilo y fumeta. Williamson vuelve a cantar en este disco, lo cual es una buena noticia, se echaba de menos en los anteriores trabajos. A destacar la inclusión del banjo y el melotrón, dos instrumentos que ampliaron el espectro sonoro y añadieron variedad a su sonido. Todo esto, junto a los ya habituales pasajes en plan space rock y las gloriosas jams ácidas repletas de teclados setenteros, percusión minimal, wah y fuzz convierten a “Acid Mantra” en uno de sus trabajos más completos y variados. Sus drones, tan exóticos y elegantes, nos vuelven a hacer volar hacia los cielos y planear sobre paisajes en la India más profunda.


Tras este disco tuvimos que esperar 4 años para poder escuchar un nuevo trabajo de Lamp Of The Universe, ya que durante ese tiempo Craig Williamson se dedicó a su otro proyecto, Arc of Ascent, con los que grabó un par de álbumes más que interesantes. Y quizás el hecho de haber trabajado con este grupo influyó en cierta manera el resultado de su nuevo disco, “Transcendence” (2013), ya que es sin duda el más cercano al rock que nunca haya grabado, y el que más se acerca al formato de “canción” (dentro del espectro del stoner y el heavy psych, claro). Por supuesto que sigue ahí el espíritu raga-psicodelia-folk-ácido, por supuesto que el aroma de la India sigue ahí, eso siempre, pero esta vez hay más pasajes con distorsión, wah super-sucio y fuzz acompañados de batería y bajo, con riffs de corte stoner trippy, y algunos fragmentos que son sin duda los más directos y agresivos que haya grabado Williamson. Sí, ciertamente el disco suena a folk y suena a raga, pero tiene muchos más elementos cercanos al rock que en anteriores trabajos. Sólo hay que ver cómo se cierra el disco, con ese glorioso tema titulado “Beyond the material world”, un auténtico viaje ácido, una joya del space rock que nos envuelve con sus lisérgicos solos de guitarra, las diversas capas de melotrón y teclados vintage y la voz de Williamson recitando sus mantras que nos hacen despegar una vez más del suelo y nos llevan hacia otros mundos y paisajes distintos a los que podemos ver con los ojos.

domingo, 5 de octubre de 2014

ELECTRIC WIZARD: "Time to Die" (2014)



Electric Wizard son sin duda uno de los grupos más excitantes del momento. Un grupo que capta a la perfección el espíritu de nuestro tiempo, esta época de desilusión, crisis y decadencia, ofreciendo refugio y olvido a miles y miles de almas desencantadas a través de sus hipnóticos riffs y su embriagadora atmósfera, repleta de referencias al ocultismo, las drogas, el desenfreno sexual y demás paraísos artificiales.

Hace unos meses Justin Oborn decía en una entrevista que, en nuestra sociedad, se nos hace creer que todo irá a mejor en el futuro, que tenemos que luchar y esforzarnos porque así el día de mañana la situación cambiará y tendremos todo lo que necesitamos para ser felices. Pero llega un momento en la vida, añadía el líder de Electric Wizard, en que te das cuenta de que no es así, de que todo ha sido una puta mentira, y de que, a pesar de todas esas promesas, estás absolutamente jodido.

Es en este espacio mental en el que Electric Wizard se mueven a la perfección desde hace más de dos décadas: han sabido captar la desilusión y el hastío de jóvenes (y no tan jóvenes) que se ven aislados en el mundo, sin encontrar su sitio y sin perspectivas para el futuro. Sólo hay que echar un vistazo a nuestro alrededor para ver que el mundo está más jodido que nunca y que hay alguna cosa que no funciona. Podemos engañarnos a nosotros mismos mirando hacia otro lado y haciendo ver que la cosa no va con nosotros, pero el caso es que estamos metidos hasta el cuello. Y, al igual que ocurrió a finales de los 60 y principios de los 70 con el nacimiento del hard rock y el heavy metal, y gente como Black Sabbath, Blue Cheer, MC5 o Hendrix, cuyos discos (ayudados del consumo de todo tipo de sustancias) hacían olvidar la realidad que rodeaba a millones de jóvenes, hoy Electric Wizard se han convertido en el mejor antídoto para escapar de toda la mierda que nos rodea. Su nihilismo, su actitud tan irreverente y provocadora, sus letras sencillas pero convincentes, su desprecio hacia la sociedad y su entrega absoluta y demente al poder del riff les convierte en referente para todos aquellos que, por un motivo u otro, se sienten marginados y alienados.

“Time to Die” (2014) ha tardado cuatro largos años en ser gestado. Ya lejos queda aquel “Black Masses” de 2010 que recibió críticas de todo tipo, desde algunas diciendo que era lo mejor que habían grabado hasta otras que acusaban al grupo de haber perdido sus señas de identidad. En estos cuatro años han sucedido muchas cosas en el seno del grupo: abandonaron de mala manera su sello discográfico de toda la vida (Rise Above) entre todo tipo de acusaciones mutuas; hubo diversos cambios de formación, todos ellos siempre acompañados de bronca y malos rollos (caso del retorno y posterior salida de su ex-batería Mark Greening); y también hubo voces aquí y allá que empezaban a profetizar que Electric Wizard estaban acabados, sin ideas y que musicalmente ya no tenían nada más que aportar. Me imagino lo que les puede haber pasado por la cabeza a Jus Oborn y a Liz Buckingham durante todo este período de tiempo, y, por lo que comentaban en diversas entrevistas, se sintieron acosados por todo tipo de mentiras, traiciones, acusaciones y desprecio, algo que sirvió como catalizador para crear estas nuevas canciones, rodeadas de un halo de odio, terror, locura y violencia que han convertido este disco en toda una bomba de relojería.

Tan sólo el título del disco (“Time to Die”) ya es una declaración de intenciones. Tiempo de morir, tiempo de acabar con todo, de destruirlo todo para así crear algo nuevo, diferente a lo que conocemos. Esos ojos derramando lágrimas en la portada, y al mismo tiempo esa mariposa con alas de plomo que alza el vuelo pesadamente. La vertiente apocalíptica y destructiva de Electric Wizard es algo que nos han venido demostrando en cada uno de sus discos, y quizá sea en este último (así como en su clásico “Dopethrone”) en el que encuentra su expresión más depurada y explícita. Jus Oborn se ha pasado los últimos cuatro años prometiéndonos un disco malsano y mórbido que iba a girar obsesivamente en torno a la muerte y el odio, y joder si lo ha conseguido.

Tras una breve intro en la que se oyen fragmentos de un documental hablando del crimen ritual protagonizado por Ricky Kasso (crimen marcado por las drogas, el satanismo y el heavy metal, tres conceptos que en los 80 eran realmente chungos) el disco se abre con “Incense for the Damned”, que nos muestra a unos Wizard rejuvenecidos y en un estado de forma asombroso, con esa habilidad que tienen para escribir riffs densos, graves, pesados e hipnóticos pero al mismo tiempo pegadizos y memorables (me atrevería a decir que después de Black Sabbath son el grupo que mejor ha sabido hacer esto). Oborn entona con auténtico desprecio líneas como “I don't give a fuck about anyone or your society”, me importa una mierda la gente y tu sociedad, un himno para todos aquellos que le han dado la espalda a la sociedad, todos aquellos que se sienten abandonados y cuyo único refugio es ese “incienso” humeante que les hace olvidar el asco que sienten por este mundo. Sin tiempo para dejarnos respirar, suena el tema que da título al álbum, “Time to Die”, con otro alucinante riff de aire setentero, que en manos del dúo Oborn-Buckingham suena grasiento, fluido, guarro, absolutamente glorioso. Parece mentira que lo hagan tan fácil y tan efectivo, disipando cualquier atisbo de duda y volviendo a demostrar que son los indiscutibles maestros del riff y los herederos de Tony Iommi. Una vez más, es tiempo de morir, o quizás ya estamos muertos y no lo sabemos... El tercer tema es el durísimo “I Am Nothing”, con otro riff super-básico, primitivo, surgido del origen de los tiempos y ante cuya magnitud y poder lo único que podemos hacer es arrodillarnos y sentir cómo nos aplasta con su peso. De nuevo otra dosis de nihilismo y apología de la violencia, otro himno para esas personas que ya saben que no son nada, que no le importan a nadie, y que enarbolan la bandera del odio hacia la humanidad expandiendo el caos y la destrucción a través del asesinato y el terrorismo arbitrario. El interludio “Destroy Those Who Love God” nos da un breve respiro mientras suena una jam ácida y sedante sobre la que vuelven a escucharse voces que insisten en el crimen de Ricky Kasso (que es uno de los ejes fundamentales de este disco). El siguiente tema, “Funeral of Your Mind” nos ofrece un cambio de táctica ya que el riff principal es un medio tiempo mezcla de Loop y Monster Magnet y en el que también hay ecos del sonido Detroit que tanto ama Jus Oborn. Una base hipnótica espoleada por voces macabras que nos hablan del funeral de la mente, de ese momento de la madrugada en el que uno ve que ha llegado al límite de sus fuerzas, en el que estás completamente solo y ya no sabes qué hacer ni a dónde huir, para así sumergirte en la locura y la desesperación, o quizás en el suicidio. “We Love The Dead” vuelve a los riffs lentos, oscuros, marca de la casa, esos sonidos graves que hacen temblar los altavoces y las paredes, esos solos empapados en wah-wah ácidos y guarros que ponen los pelos de punta y esa letra a lo Alice Cooper en la que se nos dice que es mejor amar a los muertos que a los vivos, ya que los muertos no nos pueden mentir ni traicionar. “Sadio Witch” tiene un riff que recuerda (y mucho) al del tema “Black Masses” (de su anterior lp) pero es algo así como una nueva vuelta de tuerca, haciendo un guiño al riff original pero transformándolo en algo más oscuro y macabro. Este es sin duda uno de los temas más pegadizos del disco, donde de nuevo Electric Wizard nos vuelven a dar una lección de cómo combinar violencia, riffs lentos y oscuros con melodías memorables. Este tema recupera las obsesiones sexuales tan habituales en la discografía de Electric Wizard y nos muestra su faceta más viciosa así como su fascinación por las sectas satánico-sexuales, el sado-masoquismo y las películas de Jess Franco o Jean Rollin, con esas imágenes de perversiones nocturnas y mujeres vestidas de cuero negro que esclavizan a hombre a través del látigo y las cadenas pero también de la droga negra que le suministran. Nos acercamos al final de este fascinante bad trip con “Lucifer's Slaves”, uno de los mejores temas de la discografía del grupo, que alcanza aquí un nivel difícil de superar con ese riff oscilante y poderoso que combina a la perfección el sonido de Blue Cheer y de Black Sabbath, sonidos agresivos y ácidos, solos de guitarra expansivos, atmósfera espacial y psicodélica y unas letras que vuelven a hacer referencia a esa legión de freaks, perdedores y fracasados asqueados de la vida y la sociedad, esos esclavos de Lucifer cuya sangre es LSD y hierba, muertos en vida cuyo único objetivo es el olvido, salir de este infierno que les rodea, mientras gritan “Fuck your world, fuck everything...” A la mierda el mundo, a la mierda todo... Tras este estremecedor viaje suenan las notas de “Saturn Dethroned”, otra jam misteriosa que poco a poco nos devuelve a la miserable realidad. Sólo queda otra opción: darle al “play” otra vez y sumergirnos en el fascinante universo de Electric Wizard, cerrar los ojos y olvidar.


miércoles, 10 de septiembre de 2014

CUTTHROATS 9



Mientras Unsane se tomaban un descanso entre los años 2000 y 2005, su guitarrista y cantante Chris Spencer decidió mudarse una temporada de Nueva York a San Francisco, donde formó un proyecto llamado Cutthroats 9. Por el motivo que sea siguen siendo criminalmente desconocidos, a pesar de que sus tres únicos trabajos (el disco “Cutthroats 9” en 2000, el e.p. “Anger Management” en 2001 y el más reciente “Dissent” de 2014) son toda una joya para los amantes del rock and roll más violento y brutal. Spencer podía haber planteado una propuesta más suave o asequible para intentar acceder a un mayor público, o quizás podía haber sacado a relucir otra faceta a nivel creativo y ofrecer un producto diferente al que nos tenía acostumbrados con Unsane, pero qué va, nada de eso. En vez de ir a por la pasta, decidió hacer un proyecto todavía mas underground y anticomercial. Con una convicción incontestable creó un nuevo grupo todavía más salvaje, ruidoso y abrasivo que Unsane (si es que eso era posible). Así pues no hay sorpresas con Cutthroats 9: el sonido Unsane sigue ahí, pero radicalizado, con mayor influencia del hardcore, con riffs más acelerados y adrenalínicos, con esa voz que sigue rugiendo y escupiendo bilis, sacando a la luz sus miedos y frustraciones con la sinceridad y rabia habituales. De vez en cuando nos regalan algún riff más lento, de cierto regusto a blues enfermizo, siempre acompañados de esos chirridos de feedback ensordecedor en la onda del sludge noise que tan bien dominan Unsane, pero en general abundan los medios tiempos dominados por una urgencia y un nervio frenéticos. El bajo suena grueso y crepitante (cortesía de Dave Curran, el bajista de Unsane), con un batería hiperactivo que ofrece un despliegue de variedad rítmica, ferocidad y precisión técnica (Will Carroll) y por supuesto esas guitarras crujientes y esos riffs sencillos, directos, sucios y rebosantes de odio a cargo de Spencer. Por supuesto, el mal rollo y la depresión permanente siguen ahí, es algo que llevan en el ADN, tanto un grupo como el otro. Una espectacular guinda para una trayectoria admirable como es (y esperemos que siga siendo durante muchos años) la de Chris Spencer.


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