Putos Wizard. Lo han vuelto a lograr.
Cuando todo el mundo les daba por muertos una vez más, cuando
parecía que lo tenían todo en contra (problemas con las
discográficas, cambios de formación, ataques gratuitos por parte de
la prensa, acusaciones infundadas...) han vuelto a resurgir de esa
cripta húmeda y oscura en donde suelen refugiarse y desaparecer
durante años, la llamada “Cripta de Drugula”. Han vuelto con un
discazo bajo el brazo que los vuelve a situar como los auténticos
dueños de un género que ellos lideraron en los 90 junto a grupos
como Eyehategod, Sleep o los primeros Cathedral. Estaba claro que
tras un disco tan oscuro, nihilista y desesperanzador como fue “Time
to Die” (2014), no se podía seguir por el mismo camino y tocaba
reinventarse. Ya lo dijo Jus Oborn en una entrevista, donde comentaba
algo así como que después de “Time to Die” tenían que cambiar,
de lo contrario los únicos caminos posibles eran el suicidio o la
heroína. Así pues, Electric Wizard se recluyeron en lo mas profundo
de la Inglaterra rural y crearon este maravilloso “Wizard Bloody
Wizard”, grabado en sus propios estudios de grabación montados en
su propia casa para así poder crear sin límites de tiempo ni
imposiciones de discográficas o productores. Un sonido 100%
analógico, puro, rebosante de electricidad y adrenalina, en el que
cada instrumento brilla con su propia luz y deja espacio para que
suenen el resto de músicos. Jus Oborn y Liz Buckingham siguen
liderando el grupo, esta vez con una formación que ya parece
consolidada y que por primera vez en su historia tiene visos de
continuidad, con un batería como Simon Poole, que si bien no es el
batería más técnico sobre la tierra, cumple perfectamente su labor
de soportar el armazón rítmico que sostiene las canciones,
acompañado de Clayton Burgess al bajo, en mi opinión el mejor
bajista que han tenido desde la época de Tim Bagshaw, un fichaje que
le ha aportado al grupo la energía y empuje que necesitaban.
Seguramente sea su disco menos doom, el que menos ecos Sabbathianos
tiene (aunque la huella de Iommi y compañía sigue presente, por
supuesto), un disco que ya no es dominado por los ritmos lentísimos
y asfixiantes de sus trabajos clásicos (“Come my Fanatics” o
“Dopethrone”) sino que es un disco mucho más rockero, directo e
incluso accesible (dentro de lo poco accesibles que son un grupo como
Electric Wizard). Hay menos Sabbath pero en cambio hay más Stooges,
MC5, Blue Cheer, Alice Cooper o Ted Nugent. O sea, hard rock
super-ácido, riffs hipnóticos envueltos en atmósfera humeante de
marihuana, psicodelia densa y pesada, sonido Detroit macerado con
doom primigenio. Y esos riffs tan guarros, tan viciosos, tan
perversos y con tanta clase y chulería como siempre. En fin,
glorioso. Tocaba reinventarse, y lo han hecho. Partiendo de la base
del sonido Wizard, ese sello inconfundible, ese estilo que ellos
mismos crearon, han sabido evolucionar y transformarse para ofrecer
una nueva versión de Electric Wizard, más directa, más básica,
más primitiva, pero con la misma esencia peligrosa y misantrópica
que les ha caracterizado desde siempre. Wizard son un grupo anclado
en el tiempo, obsesionados por los sonidos del hard rock 60's y 70's
así como el doom metal de los 80, y una vez más se dedican a
recrear esos sonidos con la dedicación de un artesano, para así
ofrecernos una vuelta de tuerca más a ese sonido tan excitante que
sale por los altavoces cada vez que suena el puto Wizard. El disco se
abre con “See You in Hell”, auténtica declaración de
intenciones: “nos veremos en el infierno”. Es su aproximación
más explícita al blues, con esos riffs básicos, sencillos pero de
una pegada descomunal, un blues primitivo, electrizado, salvaje y
caníbal. La letra es de lo mas nihilista de su repertorio, por si
alguien pensaba que se habían suavizado con el tiempo: sentirse frío
y muerto por dentro, estar seguro de que no veremos el día de
mañana, vivir en un mundo sin esperanza en donde todos nuestros
sueños morirán y la única salida es el pinchazo de la jeringuilla
y lo que venga después... Le sigue “Necromania”, tema donde
Oborn y compañía dan rienda suelta a su pasión por el sonido
Detroit y los riffs ácidos y saturados de electricidad, con una
letra que combina su obsesión por el ocultismo, los ritos satánicos,
el sado-masoquismo y la muerte. “Hear the Sirens Scream” ofrece
un riff granítico, aplastante y demoledor, de aroma claramente
setentero, repitiéndose hasta hipnotizarnos mientras Oborn entona
con desprecio uno de esos himnos dedicados a los perdedores, a los
marginados sociales, a los parias, a la gente que se encuentra fuera
del sistema, estigmatizados por buscar unos placeres que son
perseguidos y castigados por la sociedad bienpensante: “somos la
noche, odiamos la luz, no tenemos futuro, estamos malditos, las
drogas son nuestra religión, la violencia es nuestro himno, matando
para ser libres, hasta que suenan las sirenas una vez más...” A
continuación llega una transición de ultratumba como es “The
Reaper”, un tema dominado por los sonidos drónicos de un órgano
en donde se nos describe la experiencia de un viaje ácido en el que
se ha ido demasiado lejos y en el que nos deslizamos peligrosamente
hacia el vacío, donde perdemos la conciencia, algo que quizá íbamos
buscando... “Wicked Caresses” es uno de esos temazos de Electric
Wizard de construcción y acabado perfecto, con unos riffs engrasados
a la perfección que muestran que aprendieron la
lección recibida de Black Sabbath: combinar riffs lentos y
agonizantes con melodías pegadizas y estribillos memorables. Un
tema de atmósfera profundamente macabra y riffs asesinos, en donde
aflora una vez más la obsesión de Oborn por las mujeres dominantes
y perversas, vampiresas, muertas resucitadas y obscenamente bellas
que someten a hombres que van en busca de vicios perversos y caricias
prohibidas, aceptando con deleite su propia perdición además de
todo tipo de humillaciones, vejaciones e incluso la muerte a manos de
estas dominatrix altivas e inaccesibles que alteran los sentidos y
provocan una adicción enfermiza y sin límites. El camino nos lleva
al final con “Mourning of the Magicians”, un tema de atmósfera
envuelta en la niebla inglesa, los riffs lisérgicos y el wah más
sucio y guarro que se pueda imaginar. Un tema en el que se conjuran
visiones de la familia Manson, de Jim Jones, de sectas ocultas en
granjas remotas donde los adeptos cantan sus canciones y se despiden
del mundo para irse al infierno, en donde Oborn pide que nos reunamos
con él y nos acerquemos para mostrarnos la verdad a todas aquellas
personas que la andamos buscando y no la hemos encontrado hasta
hora. “Esta es la oscuridad que siempre habéis estado buscando”.
domingo, 29 de abril de 2018
jueves, 25 de enero de 2018
METABOLIST "Hansten Klork" (1980)
La historia de Metabolist es uno de
esos casos desconcertantes en la historia del rock experimental de
las últimas décadas. Contemporáneos de otros grupos ingleses como
This Heat, The Pop Group, P.I.L. o Cabaret Voltaire, su música pasó
casi desapercibida en su momento e incluso hoy en día, en plena
época de internet, es difícil encontrar sus grabaciones o
información sobre ellos. Quizá contribuyera el hecho de que sólo
llegaron a grabar un disco y que no aceptaron trabajar con ningún
sello discográfico sino que se lo auto-editaron en su propio sello
(Drömm Records) y que hasta el momento no se ha reeditado (con la
excepción de una edición limitadísima en Japón), o sea que este
“Hansten Klork” es una obra que ha permanecido en la oscuridad y
sin el reconocimiento que sí han recibido los grupos mencionados
anteriormente. “Hansten Klork”, grabado en Londres en 1980, es
una verdadera obra maestra del rock de vanguardia, una explosiva
combinación de post-punk, krautrock, improvisación e incluso unas
gotas de Zeuhl. Metabolist trabajaron minuciosamente no sólo en la
composición de los temas que conforman el disco sino también en
todo el proceso de grabación, manipulación y mezcla de sonidos
realizando un trabajo en el estudio de grabación (que de hecho, era
su propio estudio) comparable al que This Heat o Art Bears estaban
haciendo también en aquellos años. Utilizaban los instrumentos
típicos del rock, pero decidieron tocarlos y manipularlos de las
formas más inverosímiles para así conseguir todo tipo de sonidos
absolutamente inesperados por el oyente además de incluir todo tipo
de sonidos considerados no-musicales (en esto imagino que seguían la
estela de Can y Faust). Además de ser unos musicazos con una
desbordante imaginación, hacían gala de un sentido del humor
retorcido, absurdo y surrealista, algo que se aprecia en esa letras
medio en inglés medio en idioma desconocido y en el empleo tan
desquiciante que hacían de las voces. “Curly Wall”, tema que
abre el disco, es toda una declaración de intenciones. En sus casi
10 minutos de duración nos ofrece ritmos motorik obsesivos (en el
puro estilo de Neu! o de Can), cambios de ritmo imprevisibles,
guitarras angulares y unas voces absolutamente demenciales e
intimidatorias que por momentos recuerdan a los experimentos de
Residents o a las voces operísticas kobaianas de Christian Vander en
Magma. “Alien on Sunday” es, como bien indica su nombre, una
auténtica marcianada sonora que se centra en los ritmos motorik a lo
Neu! y unas voces efectivamente de tipo absolutamente extraterrestre.
“King Quack” ralentiza los tiempos y el grupo se enzarza en un
serpenteante riff de bajo y batería acompañado por corrosivos
latigazos de guitarra y saxo y por esas inquietantes voces en un
idioma desconocido que perfectamente podían encajar en un disco de
Magma. “Hoi Hoi Hoi” es otro temazo que usa la repetición de
ritmos y las guitarras angulares para crear una siniestra e hipnótica
atmósfera sobre la que una voces al puro estilo Magma recitan unos
textos que perfectamente podían estar escritos en Kobaian. La
combinación es realmente impactante: ver a un grupo en plena época
del post-punk hacer apología de Magma y el Zeuhl es algo que debe
ser visto para poder creérselo (imagino que gran parte del público
en aquella época se sentiría bastante desconcertado en este
sentido). Temas como “Lights” y “Merchandise” nos muestran
otra faceta del grupo del grupo, que aprovecha para dar rienda suelta
a la improvisación y la creación de pasajes oníricos y
misteriosamente psicodélicos. El tema que cierra el album y que le
da título al disco (“Hansten Klork”) es otro ejercicio de
repetición minimalista, ritmos extraños, voces llegadas de otra
dimensión y sonidos de todo tipo integrados en el esqueleto de la
canción. En apenas 40 minutos termina el disco, dejándonos una
sensación de haber escuchado una música llegada de otro planeta, de
otra galaxia, una amalgama de estilos irreverente, provocadora, única
e irrepetible. Su único disco y un puñado de singles y cassettes
que editaron entre 1979 y 1981 son un legado importantísimo para la
historia del rock experimental que desde aquí queremos reivindicar.
martes, 21 de noviembre de 2017
PIOTR SZULKIN: "Golem" (1979)
Rusia y los países del
bloque soviético han sido para mí los maestros de la ciencia
ficción y la distopía en el cine, especialmente en los años 70 y
80. Puede que influídos por la realidad socio-política en la que
vivían, o quizás por esos imponentes bloques de cemento, acero y
cristal que dominaban sus ciudades, o por las enormes fábricas y
naves industriales, el frío y los cielos grises y plomizos, el caso
es que la atmósfera y la tensión de las películas de directores
como Andrei Tarkovski o Konstantin Lopushanski nunca serán
superadas, por muchos efectos especiales o animaciones por ordenador
que se utilicen hoy en día. El polaco Piotr Szulkin fue otro de los
grandes nombres que Europa del Este ofreció al género de la
distopía gracias a una espectacular filmografía en la que destaca
esta, su primera película, filmada en 1979 y titulada “Golem”.
Basada en la novela homónima de Gustav Meyrink, pero con influencias
de “El Proceso” de Kafka, “1984” de Orwell y la estética
post-apocalíptica de Tarkovski, esta película nos muestra un
estremecedor retrato de una sociedad totalmente deshumanizada en la
que un régimen totalitario (imagino que Szulkin estaba bastante
condicionado por la situación de su Polonia natal en aquellos
tiempos) que somete a la población a través de la omnipresente
propaganda televisiva (para Szulkin, la televisión era uno de los
grandes males de la modernidad) y que se dedica de manera clandestina
a crear nuevos seres humanos en sus laboratorios (a la manera del
Golem) con la intención de “mejorar” la raza humana y con los
ojos puestos en la amenaza de la bomba atómica y la exterminación
total. El protagonista, Pernat, es fruto de uno de estos
experimentos, un engendro que ha servido para reemplazar al Pernat
“real” por no se sabe qué motivos, pero que a diferencia del
golem de Meyrink (que no tenía voluntad propia y actuaba de manera
básica e impulsiva), tiene una característica que lo vuelve
especial: su bondad. A pesar de vivir inmerso en la pobreza y la
miseria más absolutas, Pernat ayuda a sus semejantes y actúa guiado
por su corazón inocente y puro. Pernat vaga por las calles oscuras,
llenas de charcos y basura, de una ciudad anónima, malviviendo en su
decrépita finca rodeado de degenerados, locos, iluminados,
prostitutas y marginados sociales, mientras trabaja tiritando de frío
en su habitación grabando en placas de bronce la figura del ahorcado
del tarot. A pesar de no recordar casi nada de su pasado, su
naturaleza le inclina a ayudar a sus semejantes, y esto lo convierte
en una amenaza para las autoridades, ya que su compasión por los
demás le hace ser diferente de la masa uniformizada y resignada, le
hace más “humano” que la mayoría de humanos que le rodean. Así
pues, el gobierno lo espía, lo somete a interrogatorios brutales, lo
acusa de crímenes que él no recuerda haber cometido y le hace pasar
por interminables trámites burocráticos con la intención de
desestabilizarlo. Película filmada en un tono sepia / naranja / ocre
(que nos remite por momentos al “Stalker” de Tarkovski), sus
colores, la atmósfera opresiva y febril, los decorados y ambientes
decrépitos y ruinosos, el uso obsesivo de la música y unas
interpretaciones escalofriantes de sus protagonistas, la convierten
en una de esas “experiencias” que van más allá del cine y nos
sumergen en un mundo desolado y poético al mismo tiempo. El
surrealismo, que tan arraigado estaba en estos países (como ocurría
también en las obras de otro maestro polaco como es Walerian
Borowczyk o del checo Jan Svankmajer) hace su presencia de manera
sutil (esas decenas de ventanas de la finca que se abren y cierran al
mismo tiempo, esas semillas que caen en la mano de Pernat, ese
diálogo entre el ciego, su hermano y la prostituta, esa tienda de
reparación de muñecas rotas, esa banda de música que no acierta en
sus ensayos) y contribuye a aumentar el tono onírico y la sensación
de desasosiego que predomina en la película. El descorazonador final
de la película, a pesar de estar filmado en Polonia en 1979, refleja
perfectamente la situación que vivimos en los países democráticos
en 2017: las pantallas de televisión (que controlan y dirigen el
pensamiento de la gente) vomitan las imágenes de un político (cuyo
físico es idéntico al de Pernat y sostiene en la mano la misma
placa de identificación que aquel: GZ-565) vociferando con pasión
su discurso tranquilizador para las masas, asegurando que no hay
experimentos de creación de humanos y recordándonos nuestra
obligación de no pensar y ser felices, ya que estamos en buenas
manos y ellos cuidan de nosotros. Como ahora más o menos.
sábado, 9 de septiembre de 2017
MEPHISTOFELES: "I'm Heroin" (2017)
Al escuchar a Mephistofeles me viene a
la mente una de las primeras imágenes que se ven en la película
“Faust” de Murnau, en la que vemos a un gigantesco diablo
(Mefisto) que extiende sus alas negras sobre una indefensa ciudad
para poco a poco ir cubriéndola en un manto de oscuridad, humo,
pestilencia y caos.
Esa misma sensación de paulatina asfixia y
terror es la que producen las vibraciones tan siniestras que emite
este “I'm Heroin” (2017). El disco sigue la estela de su debut de
2016 (“Whore”) aunque se percibe un claro progreso ya que el trío
argentino suena ahora más compacto y engrasado, y la producción ha
ganado quilates en cuanto a densidad, suciedad y calidez sonora. El
disco suena tremendo, desde ese tétrico órgano que abre el disco y
nos sumerge en la lisérgica marcha fúnebre de “Transylvanian
Funeral” hasta “Into the Night”, tema que nos conduce con una
demoledora jam session a la conclusión de este bad trip. Entre estas
dos monolíticas composiciones, el resto de temas son una auténtica
inyección letal de sonidos vintage empapados en ácido y paridos en
una cripta subterránea, exploraciones obsesivas en búsqueda del
riff perfecto, wah orgásmico, fuzz abrasador, riffs
absolutamente gloriosos en lo que se refiere a suciedad y vicio,
melodías increíblemente pegadizas y grooves adictivos, con unas
letras y un artwork que transmiten una sombría visión de la vida
que gira alrededor de la droga, el sexo bizarro y violento, el
ocultismo, la misantropía, la marginalidad y la exploración de
diversos tabúes sociales. Ahí siguen, cómo no, los ecos de Black
Sabbath, Electric Wizard, Uncle Acid, Dead Meadow y artefactos
similares, destilando la esencia del hard rock / heavy psych
setentero junto a los elementos más alucinógenos del stoner rock y
la densidad del doom, lo cual es muy de agradecer ya que hay gente
que no nos cansamos de profundizar en ese sonido tan puro y tan
eléctrico, y en ese sentido Mephistofeles son auténticos expertos.
Su dedicación exclusiva al riff y a las atmósferas humeantes y
perversas, unidos a una insultante juventud y descaro, hacen que el
futuro del grupo sea más que prometedor.
Pero aquí no termina todo. Nos pusimos
en contacto con Gabriel Ravera (voz y guitarra eléctrica en
Mephistofeles) para que nos comentase algo más sobre lo que se
esconde detrás de las piezas de este fantástico álbum, y esto fue
lo que nos comentó sobre cada uno de los temas y la estructura del
disco:
“Sin
percibirlo, el disco se volvió un poco conceptual a medida que nos
sumergimos en la composición de los temas.
Transylvanian
Funeral nos
sumerge directo en la entrada hacia un funeral vampírico, una
caravana de drogas que culmina en los inmensos salones de los
castillos más fríos y húmedos que Transilvania podría ofrecer.
The
Rogue es
la leyenda de un profanador de tumbas que solía intrusarse en los
pocos funerales que encontraba cerca, para corromper la armonía del
sepulcro y así hurtar lo más preciado que este cuerpo pudiera
ofrecer para obsequiarlo a las sectas que pertenecía. White
Butterfly
continúa la historia de "the
rogue":
presencia cómo cobra vida este cuerpo que acaba de profanar,
despertando un odio y desprecio en él por la humanidad misma, lo
cual procede a su autodestrucción como individuo. Trash
Lord
es el grito de este "no
vivo"
que no puede lidiar con el estado en el que se encuentra, el retorno
del mundo de los no vivos, mientras pide a gritos a su ídolo que
detenga esa tortura. Heroin habla sobre que “the rogue” no era sólo un profanador de tumbas, más bien un asesino que se interesaba en jovencitas blancas. Su personalidad, era más que nada, la droga que terminaba acabando con ellas. Addicted to Satan es la oda y el único escape que queda para culminar la vida criminal y pedir por un poco de piedad a los ídolos propios sin la necesidad de ser juzgado por la decrépita humanidad. “Ya todo lo que queda en este mundo no es más que pútrido. Cuando algo ya no vale nada, sólo se descarta y se construye algo nuevo”.Into the Night es la llegada de la noche, internándose en los bosques más oscuros que puedan existir. A la luz de la luna, aguardando a morir ya con las venas de ambas muñecas vacías, se cierra toda esta obra con un viaje por la cabeza de “the rogue” que, con una pequeña copla funeraria, termina llevándose consigo el alma de los malditos.”
https://mephistofeles.bandcamp.com/
lunes, 28 de agosto de 2017
NESEBLOD: Viaje a las entrañas del black metal
Este verano he estado viajando por los
países escandinavos. Hacía tiempo que me apetecía visitar esas
tierras y admirar sus espectaculares paisajes y sus vibrantes
ciudades. He tenido la oportunidad de ver muchísimas cosas, y como
consumidor obsesivo de música que soy, visité unas cuantas tiendas
de discos a lo largo del viaje, pero voy a centrarme especialmente en
una de ellas (Neseblod, en Oslo), ya que este es un lugar que va más
allá de lo que es una simple tienda de discos debido a su atmósfera
tan especial y a los extraños acontecimientos que se vivieron allí
a principios de los 90, cuando la tienda se llamaba Helvete y su
capo era ni más ni menos que Euronymous, líder del grupo Mayhem y
pieza fundamental alrededor de quien giraba el black metal noruego de
aquella época. Mucho se ha dicho y escrito sobre los acontecimientos
que tuvieron lugar en Noruega a principios de los 90, cuando algunos
de los grupos de la escena black metal, organizados en una especie de
colectivo llamado Inner Circle (también descrito por la prensa como
mafia satánica y terrorista), un puñado de jóvenes que,
enfebrecidos por sus delirios paganos / anticristianos /
misantrópicos, se dedicaron a quemar iglesias, profanar cementerios,
llegando en algunos casos a la agresión física e incluso al
asesinato. Todo ello mientras grababan algunos de los discos más
extremos y perturbadores de la historia de la música. La sede donde
los miembros del Inner Circle se reunían, liderados por Euronymous,
era la tienda de discos Helvete y su sótano, donde tenían lugar sus
infames reuniones y donde incluso se quedaban a dormir miembros del
colectivo cuando llegaban de otras ciudades noruegas. Por allí
pasaron, trabajaron (e incluso vivieron) varios miembros de Mayhem,
Emperor, Darkthrone y también el archiconocido Varg Vikerness
(Burzum). Así pues, esas paredes han visto muchas cosas que sólo
con pensarlas me pone los pelos de punta. Aquella escena noruega
reinventó el black metal de los 80 y lo radicalizó en todos los
sentidos (musicalmente, estéticamente, ideológicamente) y empujaron
a la música a uno de los extremos más salvajes y peligrosos que se
han conocido. Lo que más impresiona de aquella escena es, ya no sólo
su fascinante imagen (corpsepaint, expresiones faciales poseídas,
portadas en blanco y negro áspero y rasposo, escenografía
macabra), su música y arte satánico, sino que decidieron llevarlo
a la vida real sin miedo a las posibles consecuencias. Todo aquello
terminó con el asesinato de Euronymous y con varios miembros del
Inner Circle en la cárcel, así como más de 50 iglesias quemadas y
una huella imborrable de odio, caos y violencia. Por supuesto,
Helvete tuvo que cerrar sus puertas y estuvo desaparecida durante
años hasta que en 2003 un grupo de gente (con la colaboración de
miembros de Darkthrone entre otros) tuvo la idea de volver a abrirla
en el mismo sitio, con el nuevo nombre de Neseblod y manteniendo una
filosofía similar (pero centrándose sólo en la música, dejando
aparte temas extra-musicales, según parece). Recuerdo que cuando era
un adolescente leía con avidez todas las noticias tan violentas e
imprevisibles que llegaban desde Noruega en los años 92-93 en
revistas como Metali-KO, mientras admiraba extasiado las portadas y
fotos de los discos de Darkthrone, Mayhem, Bathory y compañía. En
aquella época no existía internet, por lo tanto las noticias nos
llegaban en cuentagotas: lo único que teníamos eran los discos, con
esa música y esas fotos tan tremendas, y algún que otro artículo
en la prensa especializada, nada más, quizá por eso toda esta
historia estaba rodeada de un aura de misterio y peligro que hoy en
día ya se ha perdido, y quizá también por eso lo idealizamos
tanto. Así pues, tenía claro que cuando visitara Oslo tendría que
hacer una excursión a Neseblod. Está claro que hoy en día es muy
fácil comprar música por internet. Con un simple click te puedes
bajar la discografía de tal o cual grupo e incluso comprar discos
con facilidad y que te llegan a casa por correo al poco tiempo. Todo
eso está muy bien, y recurro a ello con frecuencia, pero yo soy de
los que piensa que ir a una tienda de discos física es una
experiencia que nunca podrá ser reemplazada por internet. El hecho
de ir a una tienda y pasar horas mirando vinilos y cd's, pasándolos
uno a uno, viendo las portadas y contraportadas, notando como la
punta de los dedos se va ennegreciendo y volviéndose pegajosa debido
al contacto con el plástico, mientras aspiras ese peculiar olor que
poco a poco hace que te olvides de cuánto tiempo llevas allí... Y
por supuesto poder hablar con la gente que está allí en la tienda,
comentar cosas sobre este disco o este otro, compartir experiencias y
recomendaciones con gente que realmente sabe lo que vende y no como
en las grandes superficies, donde se la suda si te venden un disco de
Swans o uno de Julio Iglesias ya que para ellos la música no es
arte, no es droga, no es compulsión, sino que es un producto que hay
que vender para hacer negocio. Supongo que hay algo de fetichismo,
romanticismo y obsesión en esta visión, pero para mí no hay color.
Así pues, visitar Neseblod fue una auténtica peregrinación, un
viaje a las tripas del black metal noruego y un lugar en el que,
además de comprar buena música, se pueden sentir las vibraciones
tan perversas que allí todavía permanecen a pesar del paso del
tiempo. Pasé allí un par de horas, rodeado de vinilos, cd's,
cassettes, camisetas, dvd's, libros, fanzines y posters a reventar,
desde el suelo hasta el techo, por las paredes, en estanterías, en
cajas, en cajones, todo apretadísimo, es que no cabía ni un sólo
disco más, un auténtico lujo para los sentidos, una sobredosis
emocional y estética, síndrome Stendhal 100%.
En ese tiempo creo
que no llegué a ver ni la mitad de los discos que allí había, pero
es que para eso se necesitaría pasar allí dos o tres días enteros.
Iba a buscar algunas cosas concretas y después a echar un vistazo a
algunas secciones, y me gasté unos 100 euros, pero aun así siempre
te vas con la duda de si te habrás dejado allí alguna joya por no
haberla visto... En la primera planta se encuentra material más
relacionado con el black, death, doom y grindcore, y por todas partes
hay parafernalia para coleccionistas de los archivos privados y
pertenencias personales de Euronymous y del universo Mayhem.
Yo no
soy coleccionista, pero la verdad es que da respeto ver todo ese
material que en su época pasó por las manos de Euronymous,
Vikerness y compañía. La cruz invertida en la pared formada por
varias copias del “Deathcrush” de Mayhem es digna de ser vista,
así como las copias originales del fanzine Slayer (biblia del black
metal noruego de los 90).
Pero ahí no termina todo, ya que en la
planta baja todavía hay más discos, pero de otros géneros: rock
progresivo, punk, hardcore, alternativo, post-punk... Y también en
la planta baja se encuentra el que es sin duda el lugar que mucha
gente viene a ver en Neseblod: el “Black Metal Museum”, el lugar
en el que se reunían los miembros del Inner Circle y donde también
se quedaban a dormir los visitantes llegados de otros lugares de
Noruega. El llamado “museo” se encuentra ahora abierto al público
y es de visita obligada para los amantes del género. Lo primero que
ves en entrar al sótano es un pasillo corto que conduce a una
primera habitación en la que se encuentran diversos objetos como
posters promocionales de Mayhem (posters auténticos de principios de
finales de los 80 y principios de los 90), un poster gigante con la
ilustración de la portada del “In the Sign of Evil” de Sodom, un
ataúd y algunos maniquíes en el suelo.
A continuación se entra a
la infame sala de reuniones y de la que tantas fotos había visto en
libros y por donde han pasado tantos y tantos integrantes de esta
fascinante escena. La sala realmente impresiona por su desnudez y su
ambiente frío y húmedo. Supongo que en su día habría algunos
muebles, mesas, sillas y algunos colchones donde dormir, pero todo
desapareció tras cerrar Helvete. Dentro, una bombilla amarillenta en
el techo ilumina las paredes de piedra desnudas, tan sólo hay un
trono tras el cual se ve una bandera con la portada del segundo disco
de Venom (cómo no) y una pintada en la pared que dice: “Black
Metal”. Minimalista, sucio, oscuro y macabro, como era el Unholy
Black Metal que practicaban aquellos grupos en su época.
Estuve allí
dentro un buen rato, no sé exactamente cuánto porque perdí un poco
la noción del tiempo. Tuve la suerte de que en esos momentos no
había nadie en la tienda, así que pude disfrutar en soledad de esas
vibraciones tan estremecedoras que allí se podían sentir, sin
ningún gilipollas a mi alrededor haciéndose selfies para después
colgarlos en facebook. La verdad es que lo agradecí. Salí de allí
con los pelos de punta. Tras pasar por caja volvía a la realidad
mientras en la calle descargaba una tormenta de verano y caía agua a
raudales mientras los truenos retumbaban en el cielo. Una mejor
manera de terminar esta experiencia habría sido imposible.
jueves, 22 de junio de 2017
SOL INVICTUS: "In the Rain" (1995)
La lluvia cae sobre las
calles de las ciudades de Europa. Una lluvia incesante que nos hace
quedarnos encerrados en nuestras casas mientras miramos a través de
los cristales mojados de las ventanas y recordamos tiempos mejores.
Nos dicen que el viejo continente se hunde, se resquebraja, se parte
en diversos trozos, se ahoga bajo las olas de inmigrantes y se
desangra por la amenaza terrorista. Esta preocupación por Europa ha
sido una constante en la obra de Tony Wakeford y su grupo Sol
Invictus desde sus inicios a finales de los años 80. En “In the
Rain” (1995), el que es probablemente el mejor trabajo de su
extensa discografía, esta lluvia y esa percepción de la decadencia
de la civilización occidental atraviesan todas y cada una de las
canciones que conforman el disco, sin olvidar los otros dos polos
alrededor de los que gravitan las obsesiones de Wakeford: el amor y
la muerte. Esta fue una de las obras fundamentales del llamado
“Neofolk” o “Folk Apocalíptico” que a principios de los 90
en Inglaterra nos ofreció discos tan fascinantes como este “In the
Rain”, el “Thunder Perfect Mind” de Current 93 o “But, What
Ends When the Symbols Shatter?” de Death In June. Grupos todos
ellos que iniciaron su andadura a principios de los 80 en la escena
industrial y darkwave Británica y que compartían inquietudes y
obsesiones como eran el ocultismo, el paganismo, el nazismo y la
preocupación por la decadencia de occidente. Es curioso que todos
ellos coincidieran en su evolución estilística y a principios de
los 90 atravesaran esa etapa “Neofolk”, aunque de todos ellos,
Sol Invictus fueron los que más enraizados estaban en este género.
A pesar de tener un claro componente folk (Wakeford afirmó en
entrevistas que en aquella época estaba muy metido en la música de
Nick Drake y Leonard Cohen), la música de Sol Invictus va mucho más
allá de los esquemas del género, como podemos apreciar claramente
en “In the Rain”. Si bien las canciones parten de una estructura
básica como es la guitarra acústica y la voz de Wakeford, su paleta
sonora se expande con la participación de una pequeña orquesta de
cámara (violines, cellos, trompetas, piano), así como la percusión
y los sonidos de carácter eléctrico que le añaden muchísima
profundidad y matices al sonido. La atmósfera del disco, marcada por
la incesante lluvia, es deliciosamente melancólica, otoñal,
intimista y decadente. La voz de Wakeford (que en mi opinión ha sido
muchas veces injustamente criticada) es lo que le da un sabor tan
especial a estas composiciones: a pesar de no ser un gran cantante
(como tampoco lo eran Douglas Pearce o David Tibet) su voz frágil,
quebradiza, como si estuviese a punto de derrumbarse, transmite una
emoción y una intensidad que personalmente me pone los pelos de
punta. Obsesionado por los amores perdidos o por los que nunca
llegarán, por la muerte inevitable que nos alcanzará tarde o
temprano, por el amor como fuerza de regeneración espiritual, por un
mundo que se derrumba y de cuya progresiva extinción somos testigos
impotentes, Wakeford entona sus letárgicos recitados y nos acompaña
en este fascinante viaje que es “In the Rain”. Las 11 canciones
que conforman el disco tienen un sonido y una estructura similar,
algo de lo que se beneficia el disco porque la atmósfera se expande
a lo largo de todos los temas, combinando la sencillez de las
guitarras de Wakeford con la elegancia que aportan los
instrumentos de cámara y con unos estribillos absolutamente
memorables que en su belleza y fragilidad nos atrapan y atraviesan
cada poro de nuestra piel. El caso más revelador es el del penúltimo
tema del disco (“In Days To Come”), y que para mí es uno de los
mejores del repertorio de Sol Invictus, que ejemplifica a la
perfección la propuesta global de este disco: una melodía básica y
repetitiva se utiliza como base para la canción en la que Wakeford
describe con solemnidad el final de la civilización, un mundo
sumergido en el caos, la violencia, la escoria y la avaricia, para a
continuación conducirnos a un estribillo épico, bellísimo y
estremecedor en el que se apunta a la llegada de una divinidad pagana
surgida de los campos y de los bosques a la luz de la luna y que
provocará un nuevo renacer de la especie. Sencillo pero
tremendamente efectivo, tras esta explosión de intensidad y emoción,
el disco se cierra con “Europa in the Rain II”, devolviéndonos
una vez más a sentimiento de tristeza que nos invade al ver desde la
ventana las calles mojadas de lluvia en nuestra vieja y enferma
Europa.
martes, 9 de mayo de 2017
PIERRE HENRY: "Le Voyage" (1962)
Cada día me fascina más
el trabajo de aquellos pioneros de la “musique concrète” y la
música electro-acústica de los años 50 y 60. Ese primitivismo, ese
sonido prehistórico, granítico y rugoso, pero al mismo tiempo
combinado con un afán de experimentación sin límite y con esa
dedicación a explorar todas las posibilidades del sonido y del ruido
son absolutamente irresistibles. De entre todos esos artesanos del
sonido, Pierre Henry fue uno de los más grandes, y obras como esta
“Le Voyage” lo situaron como uno de los creadores más
importantes de la música de vanguardia del siglo 20. Este trabajo,
grabado en 1962, está basado en el Libro Tibetano de los Muertos y
trataba de reflejar el viaje del alma desde el momento de la muerte
hasta su reencarnación, atravesando diversos estados entre la muerte
y el renacer. Música abstracta y difícil, pero con cierto regusto
esotérico e incluso sobrenatural, algo que la hace todavía más
intrigante. En una época en la que no contaban con ordenadores ni
sintetizadores ni con la tecnología de la que disponemos hoy en día,
artesanos como Pierre Henry trabajaban con la grabación, alteración
y manipulación de todo tipo de sonidos para elaborar así sus
atmósferas y texturas sonoras que en pleno siglo 21 siguen sonando
increíblemente modernas y avanzadas. “Le Voyage” se abre con
“Souffle 1”, una auténtica sinfonía de estertores, de
respiraciones agonizantes que expresan el trance del cuerpo
abandonando la vida y adentrándose en la muerte. Una pieza
angustiosa que nos envuelve con sus sonidos asfixiantes y nos sitúa
en el estado mental apropiado para iniciar este viaje. Los dos
siguientes temas, “Après la Mort 1” y “Après la Mort 2”,
nos adentran ya en el reino de la muerte. Los sonidos, de origen
indescifrable, van siendo manipulados y se metamorfosean en formas y
estructuras imposibles reproduciendo el gruñido de los dinosaurios,
lenguajes y formas de comunicación desconocidas, las explosiones de
una supernova y los ecos de las galaxias más lejanas. Un ejercicio
de arqueología sonora que en ocasiones suena maquinal, robotizado e
inhumano mientras que en otras ocasiones suena vivo y orgánico como
las capas tectónicas en movimiento y los diferentes estratos rocosos
moviéndose a velocidades vertiginosas. Le llega el turno a las
divinidades y a los dioses en “Divinités Paisibles” y “Divinités
Irritées”. La primera composición abandona las anteriores
texturas rugosas y ásperas para sumergirnos en una atmósfera mucho
más etérea, plantando las semillas de lo que años más tarde se
llamaría “Dark Ambient” o “Drone”. La segunda es una breve y
brutal composición en la que Henry experimenta con todo tipo de
ruidos chirriantes y ritmos en descomposición que se podrían
interpretar como una clara influencia en la electrónica más
ruidista e incluso en géneros extremos como el Power Electronics.
Tras este breve interludio llega “Le Couple”, donde vuelven a
aparecer los sonidos de carácter ambient / drone, con latigazos
metalizados y frecuencias corrosivas que hipnotizan con su una
belleza misteriosa y abstracta. Escucho este tema y nunca me
imaginaría que esto fue grabado hace más de 50 años. Suena tan
avanzado, tan intenso y tan perturbador como si se hubiese grabado
ayer mismo. “Souffle 2” concluye el viaje devolviéndonos a los
sonidos de respiraciones asfixiantes que escuchábamos al principio
de la obra, la respiración lo es todo en el momento de morir pero
también en el momento de nacer, pero hacia el final de la pieza se
le cede el paso a un drone final en caída libre que nos sumerge en
el líquido amniótico y en los momentos previos a un nuevo
nacimiento en el que todos los sonidos del universo entran en nuestro
cuerpo convirtiéndonos en un gigantesco oído que capta hasta las
vibraciones y ecos más lejanos.
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