viernes, 29 de julio de 2011

BELA TARR: Sátántangó

tarr satantango Pictures, Images and Photos

Un colectivo de agricultores en Hungría ve cómo su sueño se ha venido abajo tras la caida del comunismo. Aislados del mundo, sobreviven en la miseria, hundidos en el alcoholismo, la depresión y la decadencia moral. Sobreviven al paso de los días conforme pueden, emborrachándose, prostituyéndose, peleándose, en medio de un paisaje gris, opresivo, vacío y desolado. El infierno en la tierra. Perdedores, fracasados, cobardes, borrachos, desarraigados, abandonados: a pesar de eso, creen en los milagros. Su única esperanza reside en Irimias, su lider espiritual, su profeta, su mesías, que les promete un nuevo futuro, una nueva utopía en la que creerán con desesperación, hasta las últimas consecuencias.

Sátántangó (1994) es una de esas experiencias cinematográficas clave en el cine del siglo XX, una obra fascinante e inabarcable que nos sumerge en un mundo de soledad, oscuridad y desaliento que transforma al espectador gracias al poder sugestivo y curativo de sus imágenes. A pesar de ser una película durísima tanto en el contenido como en su plasmación visual, a pesar de su temática enigmática, alegórica e incluso mística, de su duración (más de siete horas) y de ese austero uso del blanco y negro, su efecto reparador y liberador es indescriptible. Obviamente no es una obra para mentes superficiales, para consumidores de cine de entretenimiento ni para personas con poca disciplina, pero si uno entra en su mundo sabiendo lo que se va encontrar, la recompensa es máxima.

Obra fundamental del director húngaro Bela Tarr, el film ofrece el sello característico de todos sus trabajos y de su personal estilo de narrar historias: personajes solitarios, silenciosos, deshauciados, de raíz Dostoyevskiana, viviendo al límite de la existencia, hundidos en la apatía y asfixiados por una realidad gris y sin sentido, paisajes desolados, casas en ruinas, hombres encorvados deambulando por calles vacías, bajo la incesante lluvia y el cielo plomizo, descampados llenos de barro y charcos, callejones repletos de basura y mierda donde perros abandonados buscan comida, la soledad, el vacío, la callada desesperación que asesina por dentro.
Las películas de Bela Tarr son trabajos extremadamente cuidados a nivel visual, son ese tipo de películas que, al igual que sucede con las obras de Tarkovsky o de Angelopoulos, se aprecian en un sentido casi pictórico: esos planos secuencia lentísimos, interminables, en los que la cámara se mueve con parsimonia, milímetro a milímetro, como si observásemos un cuadro, donde cada objeto, cada luz y cada sombra están ahí colocados con intención, nada sobra, sólo es cuestión de admirar la belleza inagotable en cada fotograma, en cada segundo que pasa ante nuestros ojos. A pesar de su austeridad, el impacto visual es descomunal, hay veces que es difícil asimilar tanta belleza.

Sátántangó se abre con una inquietante secuencia de 8 minutos en el que vemos unas vacas caminando a través del interminable barro y los charcos de agua estancada en la pequeña aldea rural en ruinas, bajo un cielo oscuro y opresivo. No se ve a nadie por las calles desiertas. Miseria, desolación, abandono, y un clima espiritual de aridez y desamparo. Vacas vagando sin rumbo ni destino, igual que los hombres que todavía viven en esta aldea. Misterio, incertidumbre, expectación ante lo que vendrá después. Tarr nos está enseñando a mirar de otra manera, a percibir el tiempo desde otra perspectiva, a romper con los patrones culturales que nos ha impuesto la sociedad en que vivimos y a aprender que hay otras maneras de sentir, ver y oir. Abrir los ojos y aprender a mirar de nuevo. Arte. Nada más. Nunca se ha dicho que el arte tenga que ser “fácil” y “agradable” (es decir, la concepción burguesa del arte como pasatiempo, como entretenimiento). Obviamente, esto le puede parecer una tomadura de pelo al espectador medio, ese que busca argumento, acción, movimiento, persecuciones, efectos especiales, diálogos ingeniosos y ocurrentes. Muy bien, allá cada uno con sus gustos. En el caso del cine de Bela Tarr la lentitud extrema de sus planos es su mayor virtud ya que intensifica las sensaciones al máximo, el espectador se sumerge totalmente en ese universo visual, paladeando cada imágen con tiempo, amplificando así el efecto en nuestros resortes sensitivos y emocionales. El problema que muchas personas puedan tener con este tipo de películas no es la lentitud sino el exceso de intensidad, el sentirse avasallados por el peso de las imágenes y la cantidad de pensamientos (no siempre agradables) que suscitan. El caso más claro es el de la polémica escena de la niña que, mientras su madre se prostituye con un cliente, decide expulsar toda su frustración matando a su gatito. En este fragmento de la película observamos lentamente y con detalle cómo la niña tortura a su gatito golpeándolo y arrastrándolo por el suelo y acto seguido lo envenena, para después suicidarse ella tomando matarratas. Todo esto durante unos 20 minutos en primer plano, sin música (sólo la lluvia de fondo) y con un gato real, sin piedad, sin artificios, en una escena de una intensidad desgarradora, que en absoluto es un ejercicio estilístico de violencia gratuita sino que es una dolorosa reflexión sobre la crueldad humana y el abuso de poder contra los más débiles.

Cuando uno ve obras como Sátántangó se da cuenta de por qué el cine es arte, en mayúsculas, y también entiende por qué gran parte de las películas que se estrenan hoy en día son auténtica bazofia intrascendente cuyo único fin es hacer que pase el tiempo de la manera más aséptica posible. Ver Sátántangó es mucho más que el simple acto de ver una película, es una experiencia única en sí, un viaje a lo más oscuro del alma humana cuyos efectos perduran en nosotros para siempre.

1 comentario:

Arrebato Demencial dijo...

Gracias por el post, buen trabajo!

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